Gracias, Raúl.

Por Raúl Alejandro Palmero Fernández.

Apenas tenía uso de razón, y en la salita de mi casa, un apartamento, medio básico, que le otorgaron a mi mamá por trabajar como médico de la familia, presidían dos cuadros: de Fidel y Raúl. No obstante, nadie me adoctrinó con historias que yo mismo pude leer y entender más tarde, y cuándo el niño preguntaba: “¿Quiénes son esos?”, simplemente me respondían: -Esos son tus abuelos.

Así llegué a cumplir 3 o 4 años, pensando que Fidel y Raúl eran mis abuelos de sangre. Recuerdo una ocasión en la que fui ingresado de gravedad, y cuando la enfermera preguntó a mis padres si recibiríamos alguna visita durante la estancia en el hospital, me adelanté y respondí que sí, mis abuelos me iban a visitar. Entonces la muchacha pidió sus nombres. Yo volví a responder: Fidel y Raúl. La enfermera se puso pálida de asombro, y los viejos rompieron en una carcajada tremenda.

Con los años y el vicio por la lectura comencé a leer a y sobre Raúl. Lo sentí más cercano cuando conocí de sus picardías y travesuras de niño en Birán; ya no estaba en el cuadro de la salita de mi casa, sino que lo imaginaba un contemporáneo.

Inspiradora resulta su militancia estudiantil y comunista, sin miedo a buscarse problemas, que lo llevó a soportar torturas físicas e incomprensiones. Es icónica, para todo el que ha vivido la FEU, su foto como abanderado al frente del entierro simbólico a la Constitución del 40, durante el Golpe de Estado batistiano. Estuvo también entre aquellos jóvenes, que en el año del centenario del Apóstol, se armaron de luces, con clavos en los mazos, y protagonizaron la primera marcha de las antorchas.

No en vano, su segundo nombre es Modesto. Asaltó el Moncada como un soldado más, y cuando fueron sorprendidos y estaban a punta de cañón, con un golpe de pericia y agilidad, logró arrebatar el arma a un sargento y salvar la vida de sus compañeros.

Como comandante rebelde, jefe del Segundo Frente Oriental, se convirtió en una leyenda. Sus hombres destacaron en el combate, pero además lograron un efectivo ejercicio de gobierno revolucionario en las zonas liberadas bajo su mando: con las primeras expresiones de poder popular, sistema de sanidad, educación, logística, y hasta aviación entre las lomas. Al punto que la historiografía ha reconocido al Segundo Frente como el de mejor organización; no solo un campo de operaciones militares, sino un centro  donde se experimentaban, y adelantaban, muchas de las medidas que adoptaría la Revolución a partir del primero de enero de 1959.

Foto tomada de Internet

Su historia de amor con Vilma es sin lugar a dudas una de las páginas más hermosas de nuestras luchas, patrimonio del movimiento progresista internacional. El amor guerrillero, a prueba de balas y dificultades, quizás se resuma en la tierna sonrisa de su compañera, destruyendo, sin necesidad de palabras, todas las falacias y supersticiones que intentan contraponer la militancia y lucha política, al amor y sensibilidad humanas.

Su trayectoria después del triunfo revolucionario, al frente de las fuerzas armadas y en la máxima dirección de nuestro Partido, lo colmó de gloria desde la sencillez que cabe en un grano de maíz. Siempre fiel y atento a su Comandante en Jefe, desarrollando un trabajo constante y sistemático, sin esperar reconocimientos ni protagonismos banales. Esa es su historia, y la de sus compañeros de lucha.

Quizás pocos hayan reparado en el enorme peso y responsabilidad que tuvo que cargar cuando ya no estaban Vilma, Fidel y muchos de sus guerrilleros; impulsando las nuevas medidas en que está inmerso el país; consolidando la unidad latinoamericana y afrontando a los yanquis sin ceder en uno solo de nuestros principios.

Nadie más justo y preciso que Fidel al referirse a su hermano de sangre y lucha:

“… ha tenido una influencia decisiva Raúl. Con su estilo y sus métodos de trabajo, su constancia, su tenacidad, su disciplina y su ejemplo, ha logrado este milagro de la organización que tenemos.

Ya te contaba que en el Granma Raúl se quedó hasta el final recogiendo la última bala. Después le dimos la misión más estratégica, más importante, que era la creación del Segundo Frente. El Segundo Frente como hemos dicho otras veces, un modelo de organización del trabajo y de eficiencia. Y después hemos tenido todos estos años….

(…) Hacer especial reconocimiento, a quien, independientemente de relaciones familiares, tanto reconocimiento merece por el trabajo que ha hecho.”[1]

Años después tuve la oportunidad e inmensa alegría de conocerlo, escucharlo, aprehenderlo: detallista, cortés, culto. Con la firmeza de un jefe en el frente de batalla, y el sentido del humor de un niño maldito. Entonces del cuadrito en la sala de mi casa y los libros de historia, lo reencontré de nuevo en mis primeros años: como un abuelo cercano.

En noviembre de 2016 visitaba el primer ministro de Canadá el Aula Magna de la Universidad de la Habana. Al concluir el intercambio, el General de Ejército pasó a saludar uno a uno a los estudiantes. Se detuvo frente a mí y me espantó sin avisar un manotazo fuerte en el abdomen, intentando sorprenderme y evaluando mis reflejos. Me dijo: “- ¿estás haciendo ejercicios? Hay que estar fuertes…” Ese fue su saludo y presentación.

Mis colegas de la FEU bromearon con aquel episodio. Decían: “está fuerte el jefe, te dio duro.”

Un año después, en octubre de 2017, durante el acto en Santa Clara, por los 50 años de la caída en combate del Che, me volvió a encontrar. Esta vez fue más directo: “-¿Tú eres Palmero? ¿Fue a ti al que conocí en la Universidad durante la visita de Trudeau?” En cuanto asentí, me espantó otro manotazo entre risas, y repitió: “Hay que estar fuertes para el trabajo.” Así lo conocí, de una manera tan cercana e impredecible que nunca imaginé.

Durante el trabajo de la Comisión Redactora de la Constitución de la República tuve la oportunidad de escucharlo y trabajar cerca de él largas horas.   Siempre tenía un detalle y un piropo con cada uno de los miembros de la comisión. Me preguntaba por la universidad, qué asignaturas estaba dando, cómo me iba en las clases… En una ocasión le expresó a la Doctora Martha Moreno, decana de mi facultad, que yo estaba en la FEU, era constituyente y además estudiante de Derecho, pero que no podía existir ningún tipo de prebendas conmigo, pues ese era mi deber como estudiante y revolucionario.

Foto Tomada de Internet

Raúl nos enseña que la lealtad, el patriotismo y la firmeza son puntos cardinales de un ser humano de bien. ¡Que no nos falten nunca su constancia, gallardía, su sentido de lo justo, y la fuerza para no aceptar excusas ante la posibilidad de alcanzar lo imposible!

Durante la clausura del IX Congreso de la FEU transcurrían los debates de la sesión plenaria y pensábamos que no podría asistir. Tomamos un pequeño receso antes de pasar al acto final. Entonces, el Presidente Miguel Díaz-Canel me apartó a un lado y me dijo con una sonrisa: “el General de Ejército viene, me indicó que te avisara; pero dice que no le cuentes a nadie…”

Tragué en seco, por la emoción y la responsabilidad de guardar el secreto. Quiso entrar de último al acto; que yo lo presentara. Cuando emocionado informé a los delegados que teníamos un invitado especial, y al mismo tiempo apareció Raúl en la sala, como decimos en buen cubano: “Aquello se fue abajo”. Fue, sin dudas, el momento más emocionante de mi vida.

Al terminar  el evento, con la nueva dirección de la FEU electa, a viva voz, se dirigió a la Plenaria: -“¡Se llama Raúl Alejandro, y con esos nombres, no puede fallar!”.

Nunca he asumido aquello como un mensaje personal, más bien un reto a todos los que estábamos presente ese día, de no claudicar, no arrodillarnos, de vencer.

Gracias por tanto, Raúl, aquí estamos y estaremos.


[1] Video Homenaje. Clausura del IX Congreso de la FEU. Palacio de Convenciones.

Publicado por Bufa Subversiva

Cubanos, martianos, revolucionarios y socialistas de nacimiento.

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