La guerra también tuvo nombres de mujer

Por Claudia Damiani

Cuando se piensa en Girón, siempre se repite que representó la primera derrota del imperialismo en América, que se venció a los mercenarios en menos de 72 horas y que se cambió a los prisioneros por compotas. Pero esto no es suficiente para sentir la historia palpitar, para arrojarnos a la línea de fuego entre la adrenalina, el miedo y el repicar de la metralla, para hacernos arder indignados ante la masacre, la incertidumbre de la guerra ni el frenesí de la victoria. Se corre el riesgo de convertir la leyenda en una tarja fría.

El arte y la literatura son capaces de resurrección, de transportarnos a tiempos otros y vidas otras para sentir, como nuestras, las emociones de sus protagonistas. Cuando pienso en la épica de Playa Girón, recuerdo las escenas confusas de “Las iniciales de la tierra” y me trastoco en miliciano, soy Carlos y siento el coraje y el horror entre gritos de «Patriaomuerte y cojones», entre la sangre y las vísceras de mis compañeros, entre las ráfagas de fuego y el fango donde crecen los retorcidos mangles de la Ciénaga. También, pienso en “La guerra tuvo seis nombres” de Heras León. Cada cuento es un hombre y una manera de vivirla entre heroicidades y miserias. En un acceso de arrogancia, me digo que yo hubiera sido más valiente que cualquiera de estos protagonistas.

Pero no se supone que yo sea materia de epopeyas. Los relatos de Playa Girón parecen contarnos de un universo exclusivamente masculino: todos son hombres, «hombres y solo hombres», héroes a los que se canta y recuerda sin llanto. Nosotras somos víctimas, Nemesias salvadas por milicianos heroicos. ¿Dónde estaban realmente las mujeres en Playa Girón?

Nada debe analizarse al margen de su contexto histórico. La Cuba de 1961 vivía un proceso de profundo cambios sociales. La Federación de Mujeres Cubanas había sido creada en 1960, a partir de la unión de diversos colectivos femeninos. Por entonces, la mujer se incorporaba al trabajo asalariado, a la campaña de alfabetización y a las milicias. Pero tantos siglos de colonialismo y tradición patriarcal no pueden borrarse de un golpe: ni un solo batallón de los enviados a la primera línea de combate en Playa Girón, estaba compuesto por milicianas. No obstante, y lo vamos a demostrar, la guerra también tuvo nombres de mujer.

Dora

La invasión la sorprendió en Santiago de Cuba, cualquiera pensaría que, a tal distancia geográfica de Bahía de Cochinos, estaba condenada a quedarse al margen. Pero ella no estaba en Oriente por casualidad, realizaba un reportaje en Manzanillo como corresponsal de la revista Bohemia cuando supo de los bombardeos a los aeropuertos de La Habana y Santiago. Se trasladó lo más cerca que pudo de la noticia. Pero nunca imaginó el rumbo que tomarían los acontecimientos…

Leía la tarja homenaje a Frank País en la placita de Santo Tomás, cuando se enteró:

—¡Ya estamos en guerra!¡Llegó la invasión! — vociferaba un exaltado chofer

Los siguiente que sabemos es que se ha embarcado para Occidente y recorre con impaciencia la alongada carretera central, donde, al monte henchido de palmas, se intercalan los poblados de muchedumbre enardecida. Los campesinos combinan las camisas azules y los cañones de fusiles con sus tradicionales sombreros de yarey, mientras los camiones de las milicias remontan el ómnibus en que viaja nuestra protagonista: «Al cruzar los poblados, las banderas engalanan portales y ventanas. Hombres, mujeres y niños saludan entre vivas el paso de los milicianos. Ellos contestan a gritos, levantando los armamentos sobre las cabezas juveniles. Es como una poderosa fiesta. Una extraña y admirable forma de cumplir el deber de cubanos. Van alegres al combate y quizás hacia la muerte. Y los despiden en cerrado aplauso sin lágrimas ni miedo».

Dora también siente que cumple su deber de cubana. La atmosfera ante sus ojos es de indignación y desosiego, pero no de pánico, aun cuando en Holguín y Camagüey los rumores han hiperbolizado la tragedia y ya se fabulan ciudades cabeceras bombardeadas y aviones enemigos sobrevolando las carreteras.

«Es en Santa Clara, a la media noche, donde hallamos el primer destello real de todo lo que está pasando. El ómnibus se detiene en el andén y corremos hacia un viejo empleado, que fuma sentado sobre un taburete, con la gorra echada sobre los ojos.»

—¿Ve aquella señora vestida de negro? Ella viene de allá. Fue a saber de sus hijas, que estaban precisamente en la zona de combate.

Dora escucha las noticas de boca de la campesina de mediana edad que aguarda en el salón:

—Pues, mira, yo no pude llegar a Jagüey Grande, porque ya es zona militar: pero supe de mis hijitas que están en el pueblo. ¡Ya les hemos tumbado tres aviones a esos perros! ¡Se está peleando muy duro, pero no los dejamos avanzar!

Nuestra periodista continúa sus peripecias que la llevan de Colón a Jagüey Grande y de allí al central Australia, donde se ubica la comandancia general de operaciones, su meta es el frente de combate. Durante este camino, nunca olvida su papel de portavoz popular. Va realizando entrevistas a cuanto hombre y mujer se le cruza en el trayecto y, con sus voces, dibuja el cuadro de lo que será “Avanzando con el pueblo en armas”, reportaje publicado en la edición del 30 de abril de 1961 en la revista Bohemia. «Voces de hombres rudos, voces de adolescentes, voces de mujeres milicianas, de la Cruz Roja, de la Federación; voces de ancianos carboneros, de combatientes viriles. De soldados y de jefes de la revolución.»

Sin embargo, a nuestra valiente corresponsal que ha vencido la distancia que separa a la Ciénaga de Santiago, nadie la quiere llevar hasta la primera línea de acción, “no es lugar para mujeres, demasiado peligro” aconseja el machismo.

— Mira, yo quiero ir, ya yo tengo cincuenta años, no soy una niña, estoy con Cuba, soy periodista, ¿por qué no me quieren llevar? —  interpela al chofer de un jeep de la Cruz Roja y lo convence.

«Al subir al vehículo habíamos advertido algo extraño: junto al grupo hospitalario, que porta bandera con grandes cruces rojas, va también un mocetón llevando un arma antiaérea. Nos explican el porqué de la medida:

— Los aviones yanquis han ametrallado tres de nuestras ambulancias, y nos hemos visto precisados a pedir escolta para poder cumplir nuestro deber.

Apenas podemos creerlo. Únicamente los nazis se lanzaron a tal barbarie.»

«De pronto, como visión de pesadilla aparecen las primeras casas campesinas voladas por los aviadores del imperialismo norteamericano. Son huecos negruzcos todavía humeantes, que muestran en sus cráteres restos de lo que fue una familia y un hogar cubanos.» Imágenes terribles, que constatan las historias de masacres a civiles que Dora escuchó en el batey: «(…) A través de pantanos, huían las familias. Pero no todas pudieron salvarse de la matanza, Ya de día, mujeres, ancianos y niños, a pesar de llevar sábanas blancas desplegadas fueron volados bajo el ataque de los bombarderos yanquis, despedazados, atacados sin perdón ni conciencia. Ardió un camión con su carga humana, entre llantos de niños y gritos de mujer. Las casas humildes, de guano, volaron también.»

En Playa Larga, se enaltece al ver a los barbudos que se exponen a la metralla enemiga junto a campesinos y milicianos. Mas no les entrevista. Toda Cuba conoce y sabe dónde están los líderes de la Revolución. En cambio, ella busca a esos desconocidos héroes y heroínas cuyas hazañas se fundirán en la masa anónima.   

Se sobrecoge ante la juventud de los combatientes. La abordan niños artilleros quienes compiten para que les tome el nombre. Son apenas adolescentes. Su entusiasmo contrasta con la severidad del combate y el clamor de la muerte. Se peinan para lucir guapos frente al lente de Gilberto Ante, el fotógrafo que la ha acompañado en todo el periplo.

También son niños, esos que han derribado dos aviones B-26 en la costa y ahora se jactan orgullosos frente a la prensa, diciendo que es muy fácil, en el justo momento en que se avista un nuevo avión enemigo.

—¡Métase adentro de la caseta, que ese viene a bombardear! ¡Tírese al suelo! ¡Corra! — le grita uno.

Lo que no sabe, es que esta periodista no necesita que la protejan: fue integrante de la organización antimperialista La Joven Cuba y ahora se dedica a relatar el devenir de la naciente Revolución, en lo que después constituirá “El año 61”. Es una escritora multifacética, novelista y poeta, que incursionará en géneros tan diversos como el teatro y la radionovela. La autora de “Pelusín del Monte”, “Sol de Batey”, “El cochero azul”, “El valle de la Pájara Pinta” y “La flauta de chocolate” …

Pero, por ahora, Dora Alonso es corresponsal de guerra en medio de la batalla: «el avión crecía por segundos, venía recto, directo como un proyectil, maniobraba de modo que formaba una cruz con sus alas y el fuselaje. Parecía un pez temible, un pez martillo enfurecido, embestidor…

El aire se llenó de ruido de motores aéreos y de silencio. Y en el último segundo, me lancé al suelo, bajo la mesa, en el mismo momento en que las antiaéreas múltiples y los cañones vomitaban su estampido.

El buitre giró alejándose ante el recibimiento miliciano. Se perdió de nuevo rumbo a su barco pirata.»

La victoria era inminente.

«Por mucho que el aura vuele, siempre el pitirre la pica» sentencia uno de los milicianos en “Las iniciales de la Tierra”, y aunque se refería al combate de un pequeño y tenaz T-33 cubano contra un enorme y lento B-26 del enemigo, cabe en esta metáfora toda la epopeya de Girón.  

Bamby, Agustina, Edelmira y Estrella

El vehículo tuerce camino hacia el ingenio. En la carretera, aguardan su hora de escupir fuego, las piezas de artillería como rígidos dragones de metal. Desde la entrada del batey, se ven las milicias hormigueantes frente a la torre.

Se trata del Central Australia. Allí el batallón de Cienfuegos servía en la zafra libre, cuando fue avistada la invasión y fueron sus hombres los primeros en salirle al paso. Un joven de “La guerra tuvo seis nombres”, que podría ser cualquiera, pregunta mientras espera con impaciencia ser llamado al frente: «¿Y usted de dónde es, viejo?». «Del 339 de Cienfuegos.», contesta un miliciano de canas descoloridas bajo una boina manchada de sangre, el fango aún húmedo en la miseria de uniforme, la mano vendada y el aire cargado de heroísmo. «¿Combatieron, combatieron?», todos los recién llegados quieren saber, «¿Cuántos son, cómo fue la cosa?». «Muchacho, nos mataron como a cincuenta. ¡Tírenles, tírenles con todo!» …

«En el Central están acampadas las tropas que regresan del frente y las que irán a combatir. También está el hospital de sangre, organizado por la Cruz Roja y la Federación de Mujeres.» le explican a la periodista, que viene de Jagüey.

Adentro de una pequeña casa, la alfabetizadora Bamby Martínez y las federadas Agustina Morejón, Edelmira Lezcano y Estrella Ochoa, sirven de voluntarias en el estreno de las Brigadas Sanitarias de la Federación. Atienden a los heridos. «En el primer cuarto se ha improvisado, sobre dos mesas de madera cubiertas de hule blanco, mesas de curaciones. El instrumental hierve en un depósito sobre un fogón eléctrico. Rollos de algodón medicamentos y ampolletas se amontonan sobre una silla.».

En una foto apenas descifrable por la mala calidad de la impresión, se ven las siluetas oscuras de dos de estas mujeres, una sentada al borde de la cama, la otra en pie. Parecen muy jóvenes. Dos convalecientes miran a la cámara, o yo creo que miran a la cámara, desde sus lechos, mientras ellas miran a los convalecientes.

Podría pensarse que en el Australia no se corre peligro, que no hay más riesgos al atender heridos en la guerra, que las imágenes recurrentes de cuerpos mutilados y jóvenes desangrándose. Que no hay más tensión que el estrés de que cada vez sean más, algunos insalvables, y se amontonen en la sala con su coro de gemidos. Pero esto es falso, bien lo sabe la periodista cuando le advierten:

—Deben tener cuidado. Hay que estar alertas. Los aviones yanquis pretendieron llegar aquí para volar el ingenio y los tanques de alcohol de la refinería.

Bien lo cuenta, también, Heras León en boca de un artillero adolescente: «… ¿El avión del Australia? Yo le tiré a ese avión.», llegó por el cayo del cañaveral, estuvo a menos de 200 metros del ingenio, soltó 4 bombas antes de derrumbarse y las balas que escupió, partieron las palmas por la mitad.

Marta

Del Batallón 339 también era Rodolfo. A la medianoche del 17, una llamada desde la planta de radio en Playa Larga les alertó de la invasión. Pasada una hora partían hacia el epicentro del ataque, después de vaciar dos camiones de azúcar en el central Australia, para poderlos utilizar como transporte.

Llegaron al “Cartel del INRA”, valla que anuncia una zona de desarrollo agrario, y allí escucharon los primeros disparos. No entendían nada, confundidos por las tinieblas y las ráfagas de luz de las ametralladoras, se replegaron hacia la orilla de la carretera que conduce a Caletón y Buenaventura.

Pasaron toda la noche tendidos, disparando a un blanco invisible que les escupía plomo desde el otro lado de la calle y, para espantarse el miedo y el cansancio, cantaban el himno y gritaban “Patria o muerte”.

También en la valla se volteó el camión de civiles que huía de Buenaventura y bajo las ráfagas de calibre 30 y 50 disparadas por los mercenarios, se tiñó el asfalto de sangre.

Con la luz del día, se desparramó la tropa. Un grupo de milicianos y miembros de la Marina de Guerra Revolucionaria, quedaron aislados en Caletón. Allí conoció Rodolfo a Marta Chang: casi una niña. Había dejado su casa y su familia en La Habana para irse alfabetizar a la Ciénaga, donde la sorprendió la guerra, pero no la amedrentó. Por el contrario, se fue al frente a servir en las trincheras, donde, de hecho, no era la única alfabetizadora.

Poco después, también la conocería nuestra corresponsal: coinciden en Playa Larga y la describe vestida con su uniforme verde olivo y negro, «una muchachita alfabetizadora». En la foto, Marta está sentada, las botas, sucias de fango, cuelgan en sus pies que no alcanzan al piso. A lo largo del muro, se suceden siluetas adolescentes, que, de no ser por los fusiles, se tomarían por estudiantes en una escuela al campo. Y, sin embargo, hay demasiada épica en sus expresiones infantiles, ¡apenas 15 años y ya han vivido tanto y tan intensamente!, tal vez por eso, Marta mira otro lado, ignora a la cámara que debe conformarse con su pelo oscuro y el asomo de su perfil.

Cira

Nació mujer, campesina y pobre en 1921, cuando no existía más opción que ser la esposa joven de un abnegado guajiro, barrerle el bohío, parirle y compartir el hambre hasta la muerte. Aun así, alcanzó el sexto grado en Jagüey y, tras casarse, se fue con su esposo Pablo a Caletón, en la Ciénaga, donde tuvo tres hijas.

Tal vez, Cira nunca previó que sus opciones se ampliarían y que sus hijas no estarían condenadas, por su origen y sexo, al hambre, la ignorancia y la esclavitud del hogar. Pero si no lo previó, al menos lo buscó activamente, porque desde la clandestinidad se incorporó al movimiento revolucionario.

Quince años tendría su Norma, la mayor de sus hijas, cuando descubrió las sospechosas luces, preludio del horror, en la madrugada del 17, que sirvieron de indicio a la presencia mercenaria en Playa Larga. Su madre no era ya una resignada ama de casa, sino una miliciana que dirigía la Federación de Mujeres Cubanas en la delegación de Caletón.

Se dio la alarma y al amanecer los vecinos comenzaron a evacuarse. Blandían sábanas blancas. No tenían armas. Salieron a la carretera y tomaron un camión con otras familias que huían del bombardeo…

Ya hemos escuchado la historia del camión, permanece grabada en la memoria de los hombres y mujeres que vivieron la invasión, todxs la refieren por terrible e impía. Pero esta vez estamos allí con las familias carboneras, sentimos el llanto de lxs niños y el clamor de las bombas que retumban en la arena y el asfalto, cada vez más cerca, más inmediatas, aunque nos tapemos los oídos y cerremos los ojos, nos alcanza el estruendo. Arde Cira y ardemos con ella. Nos lanzamos a la cuneta para aplacar el fuego y protegernos de las balas.

Pero la bala, calibre 30 de ametralladora, que la alcanza nos alcanza también. Las niñas lloran y Pablo las abraza contra el fango de la cuneta.

Cuando llega la periodista ya todo ha pasado. La leyenda está fresca. Pablo Gómez la llama para contarle su historia: 

— Mire, ayer lunes, a eso de las seis y treinta de la mañana. yo salí con mi señora, Cira María García, y mi hija, y niños y ancianos heridos por los bombardeos para tratar de llegar a algún sitio seguro. Entonces, al llegar a la curva de ahí delante, y a pesar de ver ellos bien claro que éramos civiles indefensos nos ametrallaron, matando tres mujeres y a dos de los heridos. Mi mujer cayó, con el cuerpo lleno de sangre. Y cuando mi hija, de quince años, que es miliciana, se le arrimó llorando, ella la animó, mientras yo la recostaba a mi cuerpo:

—Hija, no llores ni dejes la militancia, ¡Patria o muerte!

Luga

Cuba era un hervidero. El fantasma de la intervención militar gravitaba sobre la vida cotidiana del naciente año 61. Desde diciembre de 1960, la inminencia de una invasión había sido advertida: como en las historias de detectives, un periodista obstinado, investiga un cable que ha llegado a su agencia y no se detiene hasta conseguir descifrarlo, solo que en este caso no se trata del típico detective privado, arquetipo del cine negro, sino del revolucionario argentino Rodolfo Walsh.

Cuando el 15 de abril son bombardeados los aeropuertos cubanos por disfrazados aviones enemigos, ya nadie tiene dudas, el pueblo entero se moviliza y se declara protagonista de la epopeya. 

Pero la historia reserva distintos lugares a quienes la hacen. A Luga, le corresponde dirigir el Batallón femenino de las Milicias Nacionales Revolucionarias de Cienfuegos. Tiene 28 años, su juventud de cabellos claros y mirada azul, disimulan con una imagen cándida y serena, el fuego que la habita. Lutgarda Balboa es fundadora también del Partido y de la Federación de Mujeres Cubanas. 

En su cuartel de la avenida 58 y Paseo del Prado, pleno corazón de la sureña ciudad, enseña a las mujeres a marchar y a manejar el fusil. Al principio son unas pocas, pues la idea de una mujer soldado trasgrede demasiado la concepción burguesa de la feminidad. Pero, a medida que la Revolución se radicaliza en la subversión de todo orden establecido, también lo hacen los hombres y las mujeres que la conforman.

Matanzas y Cienfuegos son las urbes más cercanas al sitio de la invasión. Los hombres son llamados al frente. Los batallones 322, 323, 326, 336 y 339 de la región cienfueguera se movilizan. En las ciudades no se sabe qué va pasar, ¿habrá otros puntos de invasión?, ¿Estados Unidos llevará a cabo una intervención militar directa?, ¿se sucederán atentados contrarrevolucionarios?, ¿cuánto tiempo durará la guerra?, ¿quién mantendrá las fábricas trabajando?, ¿quién protegerá las ciudades?

 Las milicianas lo asumen todo: arman y limpian los fusiles, organizan las donaciones de sangre, protegen los puntos estratégicos de la ciudad, ocupan los puestos laborales de los obreros movilizados y patrullan las costas de Rancho Luna.

75 días se mantienen en pie de guerra, pero la guerra en sí no llega a las 72 horas. La retaguardia es un lugar injusto: un sacrificio sin mártires, pero también sin glorias. ¿Habrá sentido Luga una inconfesa desazón?, ¿habrá anhelado vivir el fragor del combate, no sus ecos y se consolará en la idea de que cumplió con su deber? O, por el contrario, ¿habrá sentido alivio de vivir la guerra sin conocerle los horrores?

Recuerdo aquel monólogo de “Eduardo”, protagonista del último cuento de “La guerra tuvo seis nombres”, que ha pasado Girón en el central Australia sin ser llamado al frente y, en mi imaginación, su voz de joven miliciano, se funde con la de Luga: «Has conocido la guerra, pero todavía te preguntas qué es la guerra. (…) Ya no podrás saberlo, porque la guerra se terminó. Y para ti y para muchxs como tú, la guerra fue un combate contra la espera.» Pero, «la guerra la ganaron todxs. Los que combatieron y los que no.» y «cantas la victoria porque también es tu victoria».

Basado en:

Alonso, D. (1961) “Avanzando con el pueblo en armas”, Bohemia, 18, 30 de abril,

Barreras, R. (2016) “¡Aquí están las mujeres!”, Trabajadores, 10 de abril. Disponible en: http://www.trabajadores.cu/20160410/aqui-estan-las-mujeres/amp/

García, N. (2011) “Hombres de Girón”. Editorial Historia.

Heras, E. (1968) “La guerra tuvo seis nombres”. Editorial Unión.

Pi Andreu, A. (2001) “La simple verdad de los suyos”, última entrevista realizada a Dora Alonso, Bohemia, 8, 20 de abril de 2001.

“Cira María García”. Ecured. Disponible en: https://www.ecured.cu/Cira_Mar%C3%ADa_Garc%C3%ADa

Publicado por Bufa Subversiva

Cubanos, martianos, revolucionarios y socialistas de nacimiento.

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