Desde el frente: Mensajeros de la vida.

Foto: Leandro, Susana y Luisito, de izquierda a derecha.

Por Miguel Alfonso Sandelis

María del Carmen es un pequeño y agradable reparto, que se despliega a ambos lados de la avenida Boyeros, próximo a Río Cristal. De un lado, dos calles descienden desde Boyeros y se adentran en el caserío, teniendo al río Almendares como límite. Del otro, la línea férrea se inmiscuye entre calles y casas. La tranquilidad es un atributo de este barrio y los árboles también forman parte inseparable de su patrimonio.

Pero cierto fatalismo geo-demográfico le pone coto a las bondades de María del Carmen. Su pequeñez y aislamiento han limitado la existencia de servicios básicos en el reparto, de modo que sus habitantes deben trasladarse a lugares ubicados a más de dos kilómetros de distancia para acceder a ellos, como es el caso de Fontanar. Uno de estos servicios es la farmacia.

Si en tiempos normales los habitantes de María del Carmen se lo pensaban más de una vez para ir a la farmacia, no es difícil imaginar los temores crecidos durante la pandemia, sobre todo para los adultos mayores. Por ejemplo, José ya no cogía los medicamentos y Roile iba a la farmacia esporádicamente, incluso, ya ni se acordaba del nombre de la medicina, porque hacía rato no iba a buscarla.

Leandro y Luisito son dos primos que viven en María del Carmen. Leandro estudia Mecánica en la CUJAE y Luisito Sociología en la Universidad de La Habana. Cuando ellos iban a la farmacia, compraban medicamentos para los seis adultos mayores de su familia. Una vez, cuando Leandro hizo el pedido, la administradora de la farmacia le preguntó si él era mensajero, porque en el reparto no había ninguno. Fue entonces cuando se le ocurrió la idea. Pero habría una diferencia con los demás mensajeros: ellos no cobrarían.

Sin perder tiempo, Leandro fue a ver al delegado de la circunscripción y este hizo un levantamiento de los adultos mayores. La cuenta dio 27 y entonces el delegado le hizo una carta en la que listaba todos los nombres, para que la mostrara en la farmacia y le pudieran dar los medicamentos. Leandro y Lusito harían juntos la labor de mensajeros.

Susana es estudiante de Telecomunicaciones en la CUJAE. Ella y Leandro son novios. Aunque la joven vive en Guanabacoa, pasa mucho tiempo en María del Carmen. Susana se quiso sumar a la labor de mensajera, y entonces el delegado le asignó cinco adultos mayores que no estuvieron en el listado inicial, para que ella les comprara las medicinas.

El ciclo de entrada de medicamentos es aproximadamente de diez días, aunque a veces se atrasa un poco. Cuando se acerca la fecha, Leandro llama a la administradora de la farmacia para confirmar la llegada de los medicamentos. El día de entrada, los tres jóvenes se levantan temprano y están en la farmacia antes de las siete de la mañana, aunque esta abre a las ocho. Allí hacen la cola correspondiente a los mensajeros. Después de realizar la compra, regresan al barrio y distribuyen las medicinas en el mismo día.

Comprar los medicamentos para tantas personas requiere de un control detallado. Por ello Leandro tiene unas rayadas donde anota los nombres de los pacientes, de las medicinas, los miligramos, la cantidad de tabletas y el precio. La recogida del dinero de cada paciente y la posterior entrega de los medicamentos con el correspondiente vuelto, los realizan los tres jóvenes en despachos minuciosos, para que no haya error.

Muestra de una de las hojas de
control que lleva Leandro.

Véliz se tenía que levantar a las cuatro de la madrugada para ir a comprar las medicinas. Con la expansión de la pandemia en el país, los viajes a la farmacia se convirtieron en un riesgo para las personas vulnerables como él. Pero los madrugones y los riesgos de contagio terminaron cuando sus jóvenes vecinos comenzaron a llevarle los medicamentos.

Miriam tiene 80 años y es cardiópata e hipertensa. Con la llegada de la pandemia, sus viajes a la farmacia dejaron de ser una opción, pues el riesgo es grande, teniendo en cuenta sus padecimientos. Su hija, Miriam también, trabaja en el cardiocentro del hospital William Soler, y cada vez que iba a buscar los medicamentos de la madre, tenía que hacer varias coordinaciones en el trabajo, pues su responsabilidad allí es alta. Llegó entonces la solución de manos sus jóvenes vecinos.

Hoy María del Carmen tiene un servicio nuevo, justamente cuando más lo necesita. Mientras la pandemia de la COVID-19 encuentra cientos de hospederos cada día en nuestro país, tres jóvenes universitarios llevan los medicamentos a las casas de 32 personas vulnerables. Nadie los tuvo que convocar. Fue su sensibilidad humana las que los tomó del brazo para llevarles salud y vida a sus vecinos más necesitados.

Publicado por Bufa Subversiva

Cubanos, martianos, revolucionarios y socialistas de nacimiento.

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