Mella, un destructor de supersticiones políticas

Por Alejandro Sánchez Fernández

El 30 de septiembre de 1921, un joven de nombre Nicanor MacPartland ingresó en la Universidad de La Habana inscribiéndose como aspirante a los títulos de doctor en Derecho Civil y en Filosofía y Letras. Tenía 18 años, el pelo oscuro y rizado, un cuerpo entrenado por la práctica de deportes como el remo y siempre estaba elegantemente vestido con los trajes de la sastrería de su padre. Los que le conocieron aseguran que su apariencia física lo hacía un hombre atractivo, con una voz cálida pero convincente, que era una especie de Apolo; una metáfora frecuentemente utilizada. Pero los que le vieron los primeros días no podían imaginar su inteligencia, la fuerza de su carácter, su gran voluntad para enfrentar todas las dificultades y riesgos. Es casi seguro que tampoco pensaban que ese joven traería la revolución a la colina y se convertiría con el tiempo en un símbolo de la juventud cubana. Comenzó a ser llamado de otra manera, su nombre quedó solo en los documentos oficiales pero en las aulas, en los actos, en los periódicos era conocido con el nombre que había deseado tras ávidas lecturas: Julio Antonio Mella.


Al entrar a la universidad Mella poseía una vasta cultura, la que había ampliado desde su adolescencia con apasionantes lecturas, en diálogos con su padre, amigos de éste y profesores suyos así como en sus viajes a Estados Unidos y México. La relación con su padre, hombre de elevada cultura e hijo de uno de los principales próceres dominicanos, era cercana y es lógico que ambos intercambiaran conocimientos. Entre los clientes de su padre se encontraban veteranos mambises como el Generalísimo Máximo Gómez y el médico Eusebio Hernández. Mella creció escuchando, por medio de su padre o de amigos suyos, heroicos relatos de nuestras gestas libertarias y anécdotas de Martí narradas por personas que le conocieron. Asistió a varios colegios religiosos y laicos pero sin lugar a dudas fue en la Academia Newton donde encontró un profesor capaz de ejercer influencia sobre él: el poeta mexicano Salvador Díaz Mirón, quien también había conocido al Apóstol. Era un gran lector, admiraba como pocos la antigüedad clásica y disfrutaba conocer las hazañas de Julio César y Marco Antonio; los generales romanos que inspirarían su nuevo nombre. Con apenas 17 años viajó a México para hacerse militar en el Colegio de San Jacinto. Pese a que no logró ingresar en esa institución, este viaje tuvo singular importancia en la evolución de sus ideas.


Esa sólida formación cultural fue la base sobre la que se desarrollaría la conciencia política de Julio Antonio Mella, la cual se manifestó de forma prematura siendo un adolescente todavía. El viaje a México se extendió por tres meses y a pesar de sus gestiones no logró su objetivo de matricular en la academia militar por ser extranjero, lo que provocó una honda frustración en él. Estaba solo en un país desconocido, el dinero que traía consigo se le acabó, enfermó y tuvo que ser ingresado en un hospital de la ciudad estadounidense de El Paso, le robaron la maleta de regreso a la capital mexicana, el vagón en que viajaba fue atacado; en fin parecía que todo le iba mal. Sin embargo durante esos días y atravesando México, asolado por una rebelión militar que terminó dando muerte al presidente Carranza; Mella meditó seriamente sobre su vida y sus aspiraciones futuras. Las crónicas escritas por él durante esos días nos muestran un adolescente deprimido que busca un nuevo sentido vital pero que al mismo tiempo ha madurado lo suficiente para tener una conciencia política que luego daría lugar a un pensamiento coherente e íntegro. El antiimperialismo se presentaba en él casi como un instinto pues conocía bien la historia de su país, las intervenciones norteamericanas en la región y había leído con fervor a José Martí. La crónica XIX es la mejor prueba: Ese amor a los cachorros de mi sangre y ese odio santo al águila enemiga, son los que engendraron mi ideal de unir a los cachorros, cuyas tierras descubiertas por un loco tenaz y libertadas después por otros locos tenaces, deben ser poderosas ahora por el impulso de otro loco tenaz, que soy yo. A sus 17 años soñaba con un destino épico, lo encontraría poco tiempo después ya en la Universidad.


La primera gran batalla de Mella como estudiante universitario fue la campaña para impedir que se le otorgara el doctorado Honoris Causa al general Enoch Crowder, enviado especial del presidente norteamericano, y al general Leonard Wood, gobernador interventor entre 1899 y 1902. Los días 15 y 16 de noviembre de 1921 la colina fue ocupada por estudiantes universitarios y de otras enseñanzas y por obreros que imposibilitaron la realización de la ceremonia. En el periódico El Heraldo fue publicado un documento titulado Manifiesto de los estudiantes de Derecho, donde se exigía tener en cuenta la voluntad del estudiantado para los asuntos universitarios. Las protestas contra los docentes incapaces y las malas clases se hicieron más frecuentes a partir de entonces. Los aires de la reforma de 1918 en la universidad argentina de Córdoba llegaban a La Habana. Mella se encargaría de convertir esos aires en vientos de huracán.

La lucha de los estudiantes de la universidad de Córdoba, en Argentina, constituyó el primer momento de un movimiento en favor de la reforma universitaria que sacudiría a toda América Latina. El Manifiesto Liminar contenía las demandas de los estudiantes cordobeses: autonomía universitaria, libertad académica, extensión universitaria, acceso masivo y gratuito a la universidad, participación estudiantil en el gobierno universitario. Estas aspiraciones fueron asumidas con rapidez por estudiantes de otras universidades argentinas y abrazadas luego por los universitarios de la región. La proyección latinoamericanista de la reforma universitaria estaba implícita en el Manifiesto Liminar cuya primera frase era La Juventud Argentina de Córdoba a los Hombres Libres de Sudamérica. Los ecos del Grito de Córdoba llegaron a la Universidad de La Habana en 1922 y Julio Antonio Mella, reconocido ya por sus arengas en el Patio de los Laureles, se erigió como el líder de los estudiantes en sus reclamos por democratizar la vida universitaria. El 29 de noviembre se publicó el primer número de la revista Alma Mater, de la cual Mella fue su administrador. En Nuestro credo, artículo en el que definió la razón de la revista hizo un llamado a la unidad de los estudiantes: Laboremos por la unión de todos los estudiantes cubanos en una Federación que nos haga fuertes y capaces para defender nuestros derechos. El 20 de diciembre nace la Federación Estudiantil Universitaria, organización de la que sería el secretario general. Los esfuerzos unitarios no se detuvieron ahí y en octubre de 1923 sesionó el Primer Congreso Nacional de Estudiantes bajo el lema martiano de que todo tiempo futuro tiene que ser mejor. Entre los acuerdos adoptados estaban la Declaración de derechos y deberes del estudiante, una condena a la injerencia yanqui, un mensaje de solidaridad para la Rusia soviética, la fundación de la Universidad Popular José Martí y agregar el apelativo de revolucionario al nombre del congreso.
Julio Antonio Mella había irrumpido en la escena política nacional como un volcán y era el líder indiscutible de los estudiantes. Ejercía una fuerza magnética sobre los que estaban alrededor suyo, disponía de un carisma irrepetible pero no era solo músculo y voluntad como lo describió Loló de la Torriente. Los hechos que señalan su intensa vida son bastante conocidos. Sabemos que fue el que más hizo en menos tiempo pero el conocimiento que tenemos de su pensamiento es insuficiente. Mella fue un profundo pensador revolucionario, uno de los primeros en hacer una apropiación creativa del marxismo en nuestra región pero, sobre todas las cosas, fue un destructor de supersticiones políticas. Con su práctica revolucionaria logró desbaratar más de un mito. Es indudable que Mella pudo desplegar su liderazgo brillante debido, en gran medida, al tiempo en que le correspondió entrar en la universidad. Cuba no se encontraba exenta de sentir los efectos de los acontecimientos que iban creando un mundo diferente: la Gran Guerra, la Revolución de Octubre, la crisis económica de 1920-1921, el ascenso del fascismo. Además la reforma universitaria se extendía por América Latina no solo cuestionando los problemas de las universidades sino los de la sociedad en su conjunto. Tener en cuenta el contexto internacional y regional en que se desarrolla la labor revolucionaria de Mella no significa disminuir en lo más mínimo su genialidad política. Si bien es cierto que, por ejemplo, en Perú sesionó un congreso nacional de estudiantes y ya existía una universidad popular antes que en nuestro país no puede desestimarse el valor de las acciones de Mella considerándolas como simples réplicas de lo que ocurría en la región. Sin el esfuerzo y la visión de Mella no se hubiese concretado la reforma universitaria en Cuba o quizás lo hubiese hecho de manera tardía y con menor fuerza.


En los momentos telúricos la realidad supera la teoría y hace inservibles categorías de pensamiento que deben ser reelaboradas ante las nuevas experiencias. Marx y Engels consideraban a los trabajadores como la clase destinada a transformar radicalmente la sociedad, no imaginaron a los estudiantes como sujetos de la revolución social, ni siquiera pensaron que la revolución sería posible fuera de los países más avanzados de Europa. Décadas después, la primera revolución socialista ocurrió en Rusia -el país más atrasado de Europa- como resultado de la alianza entre obreros y campesinos que Lenin vislumbró y en América Latina los estudiantes demostraron que eran capaces de movilizarse para hacer valer sus derechos. Mella fue más allá y creyó en la posibilidad de que estudiantes y obreros se unieran en un mismo proyecto de transformación social. La Universidad Popular José Martí respondía a esa idea: los estudiantes universitarios contribuyendo a la superación cultural de la clase obrera y con ello a la formación ideológica. Ese es uno de los mitos políticos quebrados por el fundador de la FEU: los estudiantes pueden y deben ser sujetos activos de las revoluciones.


Su nombre estuvo entre los que se reunieron los días 16 y 17 de agosto de 1925 en una casa de la calle Calzada para las sesiones del primer congreso de las agrupaciones comunistas cubanas. El resultado de esa reunión fue el surgimiento del primer partido comunista de Cuba y Mella fue uno de sus fundadores siendo designado responsable de educación marxista y propaganda. La presencia de Mella allí no fue casual, había entrado en contacto con la literatura marxista y quedó cautivado por ella. Admiraba profundamente a Lenin, ante cuya muerte escribió un breve pero profundo artículo en la revista Juventud. Desarrolló una relación de empatía con Carlos Baliño, fundador de algunos de los primeros grupos comunistas cubanos, quien le confesaba anécdotas de su cercano trato con José Martí durante la organización de la guerra necesaria. No obstante algunos, en el seno del movimiento comunista, desconfiaban de él por ser demasiado rebelde para su gusto. Los practicantes de visiones excluyentes de hacer la revolución no creían que la pasión de Mella podría encajar en la disciplina del partido. Finalmente le sancionaron luego de hacer una huelga de hambre que obligó a Machado a dejarle libre. Le acusaron de indisciplinado, de insubordinación a los acuerdos del comité central, de incurrir en tácticas nocivas a los intereses del partido. Como no era nada de lo que se le acusaba aceptó la medida. Mella resultó ser demasiado hereje para su propio partido, había destruido otro mito: los comunistas cubanos seguían orientaciones de la Internacional y él empleó una táctica de lucha no aceptada por ellos.


En sus últimos años de vida, durante el exilio en México, Mella fue irguiéndose como un líder revolucionario continental. Fue delegado al congreso mundial contra la opresión colonial y el imperialismo en Bruselas, fundó la Asociación de Nuevos Emigrados Revolucionarios Cubanos, integró el comité central del partido comunista mexicano, escribió para varios periódicos, se solidarizó con la lucha de Sandino y de los revolucionarios venezolanos. Mella había atravesado un proceso natural de maduración de las ideas y para ese momento comprendía que la revolución en América Latina no tendría éxito si no convertía al antiimperialismo en su idea fundamental: tenemos el deber de plantear el “problema nacionalista” para unos, el “social” para otros, pero antiimperialista para todos. El revolucionario cubano había entendido la importancia de la unidad para conseguir los objetivos que los movimientos revolucionarios e incluso reformistas se proponían. Mella, lector empedernido de Martí y testigo de la injerencia norteamericana en su país y la región, identificaba al imperialismo yanqui y las oligarquías nacionales como los enemigos a vencer. En la visión de Mella, para que una revolución pudiera consumarse en América Latina no solo eran determinantes las condiciones propias de cada país sino también la solidaridad que las fuerzas políticas afines en países vecinos lograran movilizar. Julio Antonio Mella desbarató la idea de la revolución en un solo país que la Internacional Comunista empezaba a manejar y al igual que Lenin se dio cuenta que los países dependientes o coloniales serían el escenario de las nuevas revoluciones.


La noche del 10 de enero de 1929 Mella fue asesinado, por órdenes de Machado, en una calle de Ciudad México. Tenía 25 años al morir y es evidente que no llegó a alcanzar la plenitud de su capacidad política. Sin embargo, el legado vivo de Mella va más allá de la FEU y la revista Alma Mater; tiene que ver con su pensamiento político. No hay revolución sin teoría revolucionaria, esa es una verdad que el líder estudiantil no desconoció por lo que siempre le dedicó tiempo al estudio de los clásicos del pensamiento revolucionario. Desde su adolescencia el Apóstol fue una referencia ineludible en Mella, que en México escribió Glosas al pensamiento martiano como antecedente de una biografía de Martí que deseaba escribir y creía necesaria para la difusión de su pensamiento. Por otra parte, abrazó el marxismo y se apropió de sus postulados de manera creativa y original. Para Mella el marxismo no era solo una corriente filosófica y una ideología política sino también un método de investigación, una concepción teórica para diagnosticar e interpretar la realidad y a partir de ahí lograr su transformación revolucionaria. Su nombre aparece junto a Villena y Mariátegui como una de las figuras más destacadas de lo que se ha denominado el marxismo fundacional latinoamericano. Mella comprendió que la revolución en este lado del mundo no sería realidad si solo asimilaba acríticamente las teorías y modelos europeos: no pretendemos implantar en nuestro medio, copias serviles de revoluciones hechas por otros hombres en otros climas. Las tradiciones de pensamiento revolucionario latinoamericano serían el otro referente teórico que guiaría la praxis revolucionaria en la región. En ese sentido Mella fue el primero en ver la posibilidad de la articulación del marxismo y el leninismo con las tradiciones nacionales revolucionarias, en especial con el pensamiento martiano. Fidel Castro recibió esta herencia teórica y llevó la articulación entre ambos idearios a su culminación convirtiéndola en el pilar de la ideología de la Revolución Cubana. El estudio a fondo del pensamiento de Julio Antonio Mella es cada vez más necesario en la Cuba contemporánea, en medio de una guerra ideológica que persigue el olvido de nuestra historia y cultura revolucionaria. Debemos ser leales al espíritu crítico y original del pensamiento de Mella, lo que no significa solo difundir sus ideas sino también ahondar en los problemas que él abordaría si hoy fuese un joven cubano. Meditemos sobre este tema al pisar cada escalón. De frente nos espera el Alma Mater y a nuestras espaldas nos observan las cenizas sin muerte del fundador de la FEU.

Publicado por Bufa Subversiva

Cubanos, martianos, revolucionarios y socialistas de nacimiento.

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