Subversión y respetabilidad en la política exterior revolucionaria

Foto: tomada de Internet

Por Iramís Rosique Cárdenas

Cuentan que Chicherin, comisario de asuntos exteriores de la Rusia revolucionaria, se enfrentaba constantemente al menester nada sencillo de conjugar diplomacia tradicional y revolución. Ante la inminencia aparente de la revolución europea, la revolución soviética no escatimaba esfuerzo, ni miraba limites, si se trataba de agitar, de apoyar, de acompañar la subversión revolucionaria que se prendía como pólvora al calor de la Primera Guerra por todos los pueblos europeos. Chicherin era el destinatario de todas las quejas de aquellos estados que eran sacudidos por el influjo de la III Internacional, cuyo corazón era Rusia. Por un lado, Chicherin intentaba romper el aislamiento diplomático del nuevo estado, trataba de evitar el apoyo a la reacción blanca o la entrada de las potencias capitalistas en la guerra civil; pero, por otro lado, el comisario soviético entendía la absoluta necesidad del trabajo de la Comintern, la absoluta e imperiosa necesidad del triunfo de la revolución mundial. La revolución mundial no llegó, pero la seguimos esperando.

Una revolución en el poder, como la soviética, la cubana o la vietnamita, no puede sino ejercer ese poder en la forma fundamental de un estado. Esto presenta una tensión hacia el desarrollo de toda revolución en el poder. La estatalidad implica fijeza, conservación, permanencia, reproducción, normalidad; la revolución implica subversión, superación, excepción. El logro de una normalidad revolucionaria está siempre atravesado por una contradicción permanente entre los dos aspectos del proceso/estado. En el ejercicio de la política exterior esto se manifiesta de una forma específica, y es la tensión permanente entre “ser subversivo” y “ser respetable” —como lo explicaba Fernando Martínez Heredia—. Una revolución posee múltiples dispositivos para ejercer su proyección internacional, pero la política exterior del estado en que se constituye es el campo de despliegue por excelencia.

La Revolución Cubana en su proyección internacional no ha estado jamás ajena a esto. Como sujeto que se mueve constantemente entre esos dos momentos, Cuba revolucionaria y sus líderes y representantes han sabido conjugar lo respetable y lo subversivo para lograr la supervivencia del poder, sin el sacrificio del proyecto. Muchos episodios de la política exterior —siempre enlazados de algún modo con otros episodios de la política interna— son manifestaciones de esta tensión.

Si pensamos, por ejemplo, en las relaciones entre Cuba y los países del Sistema Socialista Mundial podemos hallar varios episodios. Los 60 se caracterizan por un acercamiento crítico de Cuba a los países del socialismo europeo y a la URSS. Fidel, por ejemplo, es muy crítico del tipo de marxismo producido en esos países, de los manuales. Cuba apoya la guerra de guerrillas, táctica revolucionaria a la que se oponían desde Moscú. La Revolución mira expectante, como miraban Lenin y Chicherin cincuenta años antes hacia Europa, esperando la revolución latinoamericana —y en el tercer mundo en general: no olvidar “Cuba: ¿excepción histórica o vanguardia de la lucha anticolonial?”—. No obstante, el fracaso de la perspectiva latinoamericana de la revolución, la caída en combate del Che en Bolivia, el cierre del ciclo revolucionario en el continente, y la inminente crisis económica cubana —bautizada de manera estrepitosa con el fracaso de la Zafra que pretendía ponerle freno—, van obligando a la Revolución Cubana a plantearse otras inserciones y otros compromisos. No es casual que ya en 1968, Fidel no condene la marcha de los tanques soviéticos sobre Praga; como no es casual tampoco el cuestionamiento implícito que incluía el apoyo de Fidel a esa acción: ¿y si la contrarrevolución amenazara Cuba, o Vietnam? Los que acusan a Fidel por no haber condenado el “pragazo” incomprenden la tensión que atraviesa sus actos. En vísperas de la entrada al CAME, se clausura Pensamiento Crítico, la revista más subversiva de la década, leída por guerrilleros de todas partes, y detestada por Moscú, que enviaba una queja formal al gobierno cubano cada vez que nacía un número nuevo de esa revista que pretendía “incendiar el océano”. Quizá esto pueda leerse como una muestra de obediencia a la rígida disciplina del bloque soviético; pero hay que recordar que Cuba, aun así, nunca abandonó el MNOAL —liderado, entre otros, por uno de los herejes más indisciplinados del mundo socialista: la Yugoslavia de Tito—, ni tampoco dio la espalda a las guerrillas, ni cesó en su vocación internacionalista.

Lo propio lo ha realizado Cuba en su confrontación con Estados Unidos, donde los límites de todo entendimiento son los principios del proyecto. No se puede entender entonces cómo Cuba atiende al llamado internacionalista del pueblo de Angola, incluso si eso daba al traste con cualquier posible normalización de las relaciones con USA. Hay que recordar también, cómo en medio del proceso de acercamiento entre ambas naciones durante la presidencia de Obama, al declarar este a Venezuela “peligro extraordinario para la seguridad nacional” de USA, el canciller Bruno Rodríguez declara que Cuba no cree en la política del garrote y la zanahoria: el garrote para Venezuela y la zanahoria para Cuba. No en balde el apoyo a Venezuela o al independentismo puertorriqueño es un punto clave de toda negociación para lograr un entendimiento entre Cuba y los Estados Unidos.

No solo en el plano de la política exterior como tal, sino también en el de la diplomacia se manifiesta la tensión entre la búsqueda de la “respetabilidad” y la naturaleza subversiva de la Revolución. El Canciller de la Dignidad Raúl Roa demuestra como pocos esa conjugación en la diplomacia revolucionaria. Dice un amigo que un canciller encarna como ningún otro funcionario la política de un estado; que lo hace aún más fidedignamente que un jefe de estado, debido a que posee menos grados de libertad e improvisación. Roa sin dudas cristalizaba el ser de la Revolución Cubana. Roa era el erudito hombre de estado que dominaba absolutamente todas las maneras, las bellas letras, el discurso, la política, pero que, al mismo tiempo, imprimía a la práctica diplomática la flexibilidad, la sorpresa, la frescura y la oportunidad que significan una revolución. Lo siguió haciendo incluso desde su cargo en el parlamento: no se puede olvidar aquella ocasión en que, en una cumbre interparlamentaria, durante la moderación dijo: “que hable el delegado de los Estados Unidos; pero sin guapería”. No sería de dudar entonces la leyenda que cuenta que cuando fue el tiempo de suceder a Raúl Roa al frente del Ministerio, Fidel lo visitó en la cancillería y le dijo: “Roa, ya tu fuiste el canciller de la guerra, deja que estos otros hagan la paz”.

La permanente y visible tensión entre el poder y el proyecto, entre la pretensión de ser correctos y el impulso de revolucionarlo todo, habla de la salud política de la Revolución, habla de su juventud y su lozanía. La supervivencia de Cuba implica su inserción plena como estado en el sistema internacional, pero es imprescindible la pulsión subversiva si no se quiere que esa inserción se convierta en fatal disolución. Ya lo decía Fernando Martínez Heredia: “Renunciar a la política de los hechos, lúcida, creadora, valiente y atractiva, para cumplir con los requisitos del orden burgués y parecerles respetable a los que nunca han respetado a los pueblos ni a las personas dóciles, es suicida.”

Publicado por Bufa Subversiva

Cubanos, martianos, revolucionarios y socialistas de nacimiento.

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