Mochila al hombro: El descenso del Hoyo de Morlotte (II)

Por Miguel Alfonso Sandelis.

Los de abajo éramos 16; arriba quedaban ocho: Janett, David, Ibis, Anita y los niños Sofía, Samuel, Lucía y Alain. Amelie, con 15 años, era la menor de los que bajamos. Como la primera parte estaba concluida, los 16 decidimos aprovechar nuestra estancia en el fondo y descendimos hacia la poceta. Por el camino, Olivia dio sus traspiés y hasta se cayó al rodar una piedra suelta. Agrupados cerca de la pocetica, nos tiramos varias fotos de grupo. Después hubo quienes se bañaron.

Terminado el periplo por el Hoyo, nos fuimos agrupando bajo la pared inclinada para iniciar la parte más complicada de la operación, el ascenso.

El primer dúo en subir sería el último en bajar, es decir, el de Osniel y Pablo. Osniel subiría de primero porque arriba estaba su misión para asegurar el ascenso de los restantes dúos. Héctor, abajo, ajustaría el equipamiento de cada uno antes del ascenso.

A las tres y 25 Osniel y Pablo iniciaron el ascenso. Los restantes 22 malnombristas, tanto los de arriba como los de abajo, nos quedamos a la expectativa, para ver cómo los diestros guerrilleros iban “pedaleando” y halando las cuerdas con los brazos. La operación requería fuerza y sincronización. Al mismo tiempo era preciso “pedalear” hacia abajo con los pies apoyados en una especie de lazo, y halar el llamado “puño” también hacia abajo, pero con las manos. Este movimiento sincronizado provocaba el ascenso del escalador varias decenas de centímetros solamente. Es decir, se hacía un gran esfuerzo para subir poco.

La fortaleza física de Osniel y Pablo, unida a la experiencia, les permitió subir bastante rápido, aunque Pablo hacía el pedaleo un poco hacia afuera y no en el eje del ascenso, como es más aconsejable. En 23 minutos llegó el dúo arriba para luego perderse de la vista de los que estábamos en el fondo. Luego vinieron varios minutos de espera, hasta que vimos descender los arneses para que subiera el siguiente dúo.

Pero había un cambio en un arnés. En vez de uno negro más viejo, Osniel mandó para abajo un rojo nuevo, que le tocó ponérselo a Yanieyis. Junto con Hery, comenzó Yani a subir, pero desde el inicio se le vio pasando trabajo, pues con cada pedaleó y halón del puño, ascendía muy poco. El problema era que el arnés nuevo le quedaba grande y, al halar, perdía distancia de subida en lo que se tensaba el arnés con la cuerda. Todos a la expectativa, veíamos el esfuerzo físico que hacía la malnombrista. Ello la obligó a hacer varios descansos en el aire.

El esfuerzo que hacía Yanieyis lo veíamos todos: los de abajo y los de arriba. Anita, quien contemplaba el panorama desde arriba, le preguntó a Janett, a quien tenía a su lado: “¿El San podrá subir?” Esto lo supe después, al ver un video. Al parecer, la novata reparó en mis 54 años y en mi cojera para plantearle a la Jane aquella duda. Ella acababa de entrar en Mal Nombre y no tenía idea de mi entrenamiento, tanto físico como en el enfrentamiento a rollos gordos en mi vida.

La “batalla” de Yanieyis tenía otra complicación de la que no estaríamos extensos ninguno de los que subiríamos después. La cuerda principal y la de seguridad se iban trenzando mientras se ascendía, hasta el punto de trabar la subida, por lo que, cada cierto trecho, era preciso desenroscarlas. Hery se encargó de ir desenroscando la de Yanieyis, a la par de darle aliento.

De todos modos, la probada fortaleza física de Yani pudo más que las desventuras y, luego de pasar más de 40 trabajosos minutos, logró llegar al descanso del borde del Hoyo. Desde arriba Osniel la haló, mientras Hery la empujaba por debajo. El empujón de Hery fue por las nalgas, provocando las exclamaciones de los que los veíamos desde el fondo, dándole cuero a David, la pareja de Yanieyis. Ella por supuesto que no prestó atención, se aferró a la cuerda principal y finalmente logró pararse sobre terreno seguro, quedándole el enigmático Hoyo de Morlotte a sus espaldas.

Terminaba así de subir el segundo dúo, pero eran ocho en total y la tarde avanzaba peligrosamente. Para que no les cogiera la noche a los niños en aquel complicado escenario, Hery, Yanieyis, Ibis y Juliet se los llevaron. De este modo Sofía, Lucía, Samuel y Alain podrían dormir en el campamento. También de regreso se fue Pablo, el de Flora y Fauna.

Le tocó entonces el turno de subida a Frank y Amelie. La destreza de Amelie y el arnés negro le evitaron pasar el trabajo de Yanieyis, pero la noche les cogió en pleno ascenso. La subida del escalón final fue bastante trabajoso en medio de la oscuridad de la noche.

Yo era partidario de seguir subiendo de noche, para lo cual había calculado que a las once debía acabarse la operación. Mi interés estaba dado porque a las dos de la tarde del día siguiente debía recogernos la guarandinga en el campamento, y me preocupaba que llegara el transporte sin que estuviéramos todos. Pero Osniel estaba preocupado y llegó a sentir miedo por nuestra seguridad, debido al trabajo que pasaron él y David con Frank y Amelie en el escalón final. Al trasmitirme su preocupación a través del tronking, cedí, porque la seguridad era lo primero.

De este modo, el panorama para la acampada de los malnombristas esa noche era el siguiente: ocho dormirían en el campamento, seis arriba del Hoyo y diez en el fondo. Los de arriba pensaron inicialmente acampar en la cueva del Fustete, donde estaba el abastecimiento de agua, pero finalmente decidieron hacerlo en una especie de planito que había en el camino de llegada al Hoyo.

A los que se fueron para el campamento les cogió la noche por el camino. Con la oscuridad, comenzaron a salir los cangrejos, provocando cierta alteración en Samuelito y Lucía, pero después aquello se convirtió en un juego para los niños. Ya en el campamento, los adultos cocinaron espaguetis para los ocho y para el resto de la tropa. Pero después se convencieron de que los demás no iríamos a su encuentro, por lo que guardaron nuestros espaguetis para la próxima jornada, después de haber comido ellos. Antes de las diez de la noche se acostaron.

Por supuesto que para los que estábamos arriba y abajo del Hoyo la comida también era una prioridad. En prepararla se enfrascaron los de arriba, para lo cual fueron a buscar agua a la cueva. El menú sería galletas de sal con carne, galletas dulces y refresco. Cuando lo tuvieron todo listo, bajaron nuestra cuota a través de los arneses, a la que juntaron también agua. Ellos se comieron su comida y yo me encargué de tirotear la nuestra.

Después del “atracón” en frío, debíamos prepararnos para pasar la noche. Como los de abajo habíamos bajado sin mochilas, los de arriba nos debían enviar las cosas. Para ello se realizó un despacho personal con Osniel a través de los tronking, en el que cada cual le pidió lo que necesitaba. Poco a poco fueron descendiendo las pertenencias: sacos de dormir, nylon, ropa, etcétera.

Ocho de los diez de abajo pasaríamos la noche bajo la protección de la pared inclinada, teniendo por lecho un incómodo pedrerío blanquecino bastante inclinado. Marlon y Amanda tendrían otra ubicación. Casi desde su descenso, Marlon buscó un lugar para dormir con su pareja y encontró un sitio algo allanado junto a la pared del Hoyo, en un nivel algo más alto que el resto, hacia atrás de donde estábamos los demás. Con una peculiar meticulosidad que lo caracteriza, Marlon fue buscando troncos y ramas, hasta hacer una pequeña cama vegetal que sería mucho más cómoda que nuestro lecho. Los demás pondríamos nylon, sacos, ropa y mochilas por debajo para mejorar la superficie donde caeríamos.

Los de arriba, para mejorar el lecho donde pasarían la noche, cortaron varias pencas de palmeras. Allí acamparían Osniel, David, Frank, Amelie y dos muchachas que fueron muy útiles en los preparativos de la acampada de los de arriba y los de abajo: Janett y Anita.

Pero la noche aún no había acabado. Ni la incomodidad de la rampa inclinada, ni el tenebroso aspecto del lugar, ni la insuficiente cuota de comida, ni el cansancio de la jornada impidieron que los ocho que nos juntábamos sobre el terreno pedregoso formáramos una intensa y alargada jodedera en la que el Griny se llevó el protagonismo. Un video mostrado por el Griny a través de su mobile, en el que un tipo se echaba encima un refrigerador para llevarlo en una bicicleta y en el que se parodiaba una canción del grupo Queen al cantar “Aguanta un refri…”, fue el detonante de todo. Pero eso solo fue el inicio, porque después nos reíamos de cualquier cosa y contagiábamos también a los de arriba a través del tronking. Otra parodia cantada por el Griny decía así: “Al paso, yo vengo al paso, desde el 70 yo vengo bajando la loma. Cosa gorda, cosa gorda, Mal Nombre es cosa gorda”. Y los Van Van eran los parodiados.

Así estuvimos riéndonos hasta alrededor de las once, para finalmente caer como pudimos en aquel singular lugar de nuestra geografía. Los Amores se tiraron a unos metros de los demás, pero el resto formamos una especie de pudín, en el que Oliva era el centro. Héctor estaba a sus pies, el Grini a su derecha, yo a su izquierda, y me seguían Josué y Sosa.

Al acostarnos, podíamos mirar hacia lo alto y ver un espectáculo maravilloso. La circularidad del Hoyo redondeaba un pedazo de noche sin luna, colmado de estrellas.

Jueves 26 de diciembre del 2019

Pero la tranquilidad de la madrugada no fue posible por los ronquidos de Josué, provocando que algunos nos desveláramos. Yo logré de un inicio asentarme sobre un lecho algo cómodo, pero de madrugada ya tenía dos piedras clavadas en la espalda, porque me había corrido debido a la inclinación del terreno. Por supuesto que cada cual se llevó su cuota de incomodidad.

A las cinco comenzó a sonar un pitico intermitente. A esa hora empezamos a “tirar piedras”: que si era un pájaro, que un insecto, que no sé qué. Pero al final caímos en cuenta de que era una alarma, la del reloj de Marlon, y este finalmente la apagó. Volvió la tranquilidad en el fondo del Hoyo, pero solo por un rato, porque a las seis menos cuarto la que sonó fue la alarma de mi reloj, como para “ponerle la tapa al pomo”. Con estas desventuras, la llegada del alba fue como un alivio.

Con la aparición de la claridad, se asomaron los de arriba. Comenzaba la última jornada en el Hoyo de Morlotte.

Para no perder tiempo, se alistaron los Amores para la subida, aún sin llegarnos el desayuno. Como paliativo, Frank probó de un energético y Eledys se tomó una lata de refresco.

A las siete y 13 minutos la pareja inició el ascenso. Desde el inicio, Eledys comenzó a enredarse. Con cada halón subía muy poco, y comenzó a quejarse, como es natural en ella. En un momento, se deslizó unos centímetros hacia abajo, de lo cual se llevó un susto. Osniel no quiso creerle desde arriba, pero eso fue lo que ocurrió porque los de abajo lo vimos. Pasado el susto, continuó Eledys el lento ascenso, con su correspondiente quejadera, su hermano Héctor perdiendo la paciencia desde abajo, y Frank Amor tratando de apaciguarla a su lado y desenroscándole las cuerdas.

Pasados 57 minutos, llegó por fin la pareja arriba y se perdió de nuestra vista. Al poco rato descendieron los arneses con el desayuno conformado por leche con chocolate, galletas con dulce de guayaba y dos latas de pescado. Al dúo de Marlon y Amanda le priorizamos el desayuno para que se alistara para el ascenso. La pareja inició la subida a las ocho y 46 minutos, una hora y 33 minutos después que lo hicieron Eledys y Frank, por lo que ese fue el tiempo de duración del ciclo completo del primer dúo.

Por allá por el campamento habían salido bien temprano en la mañana Hery y Pablo rumbo al Hoyo de Morlotte. Tras hacer corriendo buena parte del trecho, llegaron al borde del Hoyo en plena subida del segundo dúo, y se incorporaron a los trabajos de aseguramiento en lo alto.

Marlon y Amanda hicieron en 33 minutos el ascenso, sin grandes contratiempos. Luego de liberarlos, los arneses fueron bajados, y a las nueve y 46 minutos, justo una hora después de que iniciara la subida el dúo anterior, Olivia y Josué comenzaron a ascender. La muchacha de 20 se estaba vistiendo de mujer, a pesar del intenso tutelaje de la madre. Olivia fue subiendo sin problemas, con algún que otro descanso, y con el entrenado Josué de par.

Mientras el dúo ascendía, partían para el campamento de Flora y Fauna Frank Ygos, Amelie, Frank Amor, Eledys, Anita, Marlon y Amanda, quedando nueve malnombristas aún en la operación del Hoyo, además de Pablo el de Flora y Fauna.

En 32 minutos Josué y Olivia culminaron el ascenso. Osniel liberó los arneses, los puso a descender, se alistaron el Griny y Sosa y comenzaron a subir a las diez y 34. De este modo, el ciclo anterior había durado 48 minutos.

El penúltimo dúo ascendió con diferencias, pues el Griny se le adelantó a Sosa y algo arriba se quedó esperándolo. Esto era lógico, porque el Griny es un portento físico y Sosa era el más veterano de la tropa con 62 años. No obstante Sosa subió sin problemas, al punto de ascender en solo 30 minutos. Aunque Sosa llevaba tiempo sin hacer excursiones con el grupo, lo hecho por él en seis guerrillas de verano con Mal Nombre daban fe de su resistencia física.

Luego de haber estado 24 horas en el fondo del Hoyo de Morlotte, nos tocaba ya la subida a Héctor y a mí. A las once y 16 minutos comenzamos el ascenso, pero Héctor se demoró un poco al inicio y yo me detuve a esperarlo a la altura del extremo superior de un tronco quemado. Esperé un poco en el aire pero, a instancias del propio Héctor, reanudé el ascenso. Fui haciendo con intensidad y coordinación el pedaleo-halón, viendo cómo se me alejaba el fondo del Hoyo y sintiendo cómo se me tensaban los cuádriceps. Pero la bicicleta que había dado en los últimos meses me rendía frutos. Faltándome unos pocos metros, tuve que parar para desenroscar las cuerdas, que se habían trenzado.

Cuando eran alrededor de las 11 y 40 llegué al escalón de arriba, mientras Héctor lo hacía siete minutos después, porque con él se terminaba la operación y tenía que recogerlo todo. Al liberamos ambos de los arneses, Osniel respiró. La operación pensada, planeada y entrenada durante varios meses había finalizado con un éxito rotundo: el fondo del Hoyo de Morlotte había sido conquistado por Mal Nombre sin sufrir ningún percance. Osniel, su principal organizador, había sentido sobre sí la responsabilidad mayor por lo que nos sucediera, y ya podía descansar de ello. Yo también era responsable por todos, pero en mis manos no estaba asegurar técnicamente cada detalle, porque no tenía conocimientos para ello.

La conquista también nos dejaba dos saldos inéditos casi de seguro. Por supuesto que no éramos los primeros seres humanos en bajar el Hoyo, pero difícil que lo hubieran hecho 16 en una misma excursión. Tampoco éramos los primeros en pasar una noche en su fondo, porque Pablo nos daba fe de dos que lo hicieron con anterioridad. Pero el hecho de haber sido diez los que viéramos el oscurecer y el amanecer desde su hondura, no debía tener antecedente.

De todos modos, el mayor saldo era la gran aventura que habíamos vivido. El Hoyo de Morlotte pasaba a ser así una de las mayores experiencias que habíamos vivido en nuestro incansable peregrinar en busca de los mayores tesoros naturales de esta bella isla.

FIN

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Publicado por Bufa Subversiva

Cubanos, martianos, revolucionarios y socialistas de nacimiento.

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