Mochila al hombro: El descenso del Hoyo de Morlotte (I)

Por Miguel Alfonso Sandelis

Sumergido entre las impresionantes terrazas naturales que distinguen al Parque Nacional Desembarco del Granma, se encuentra uno de los sitios naturales más enigmáticos de Cuba, el Hoyo de Morlotte. Este accidente geográfico debe su nombre a su descubridor, un piloto con tal apellido, que lo vio por primera vez desde la altura. Con 78 metros de profundidad y 55 de diámetro medio, el impresionante Hoyo posee un pequeño estanque de agua en su fondo, en el que habita una especie endémica de camarones, la vegetación en su interior tiene como ejemplar más notable a una enhiesta yagruma, y un gran panal de abejas puede verse empotrado en la pared del gran agujero, próximo a la boca. El Hoyo debe su origen al desplome del techo de una cueva.

Con la intención de descenderlo con cuerdas, los integrantes del grupo de excursionismo Mal Nombre hicimos algunos entrenamientos previos y en el verano del año 2019 fuimos en su búsqueda. No obstante haber llegado hasta el borde, no realizamos el descenso, pues aún no poseíamos la logística completa. Pero en diciembre del propio año iríamos por él.

El domingo 22 de diciembre, 22 malnombristas partimos de la terminal de trenes de La Coubre en pos del encumbrado objetivo. El lunes 23 llegamos a Cacocum en horas de la tarde y allí se nos unió el Grini, un holguinero que es de los tipos más carismáticos que he conocido. En Bayamo se nos sumó la santiaguera Anita. Por la noche llegamos a la terminal de Niquero, donde no nos quedó más remedio que acampar.

El martes 24 nos fuimos en guarandinga hasta el campamento de Flora y Fauna de Alegría de Pío. Aunque teníamos por plan comenzar ese día la aventura del Hoyo, la jornada se presentó lluviosa, lo cual era un peligro para el descenso. Por eso decidimos pasar el día entero en el campamento, el cual aprovechamos para entrenar la técnica de rappel.

Miércoles 25 de diciembre del 2019

A las cinco de la mañana le di el de pie a la tropa. El grupo de cocina comandado por Hery, preparó el desayuno a base de choco-leche y galletas con dulce de guayaba. Después de desayunar, preparamos las mochilas y acotejamos las cosas que se quedarían en campamento.

A las seis y 25 partimos. Caminamos hasta estar frente al arco de entrada del campamento y tomamos a la izquierda por la ancha vereda que ya conocíamos de la guerrilla del verano. Un poco antes de llegar al memorial del combate de Alegría de Pío, logramos cobertura con los móviles y pude hacer dos llamadas para asegurar transportes venideros.

Seguimos la marcha con buen paso. Doblamos a la izquierda en un entronque, dejando una flecha en el camino para los retrasados. Continuamos andando por vereda y como yo andaba algo atrás, comencé a apurarme, preocupado porque alguien se pasara del lugar donde había que dejar el ancho camino. Efectivamente; Marlon, Amanda, Frank, Samuel y Lucía ya andaban casi bajando una terraza por la vereda, cuando los atajé y los orienté a coger el trillo de monte que enfilaba por la izquierda del camino ancho. Pasamos todos un montecito de guao, bajamos un nivel de terraza, caminamos sobre terreno llano custodiados de vegetación y nos detuvimos frente al cartel que anuncia el sendero ecológico “Morlotte-Fustete”.

En el pequeño césped del lugar nos tiramos unas fotos, teniendo el cartel de fondo. Luego continuamos la marcha y bien pronto nos recibió un terreno minado de dientes de perro. Bajamos cinco niveles de terrazas, pudiendo divisar desde la altura de los dos últimos el borde superior del Hoyo de Morlotte. Los descensos de las terrazas fueron facilitados por unas maltrechas escaleras de madera hechas por los trabajadores de Flora y Fauna, quienes no poseían los clavos necesarios para su restauración.

A las ocho y 27 llegamos a la entrada previa de la cueva del Fustete. Allí nos reagrupamos, mientras Osniel, Héctor, David y Hery se iban hasta el Hoyo para armar el punto de salida del descenso. Al poco rato seguimos los demás hasta llegar al borde del espectacular accidente natural.

Teniendo el Hoyo a la vista, Olivia se me acercó. Ante la presión de su mamá antes del viaje para que no bajara, ella le había jurado que no lo haría. Ahora Olivia me lo recordaba pero también me decía que quería bajar. Aunque yo sabía que ella tenía 20 años, le pregunté la edad. Entonces ella me respondió: “Sí, ya sé que tengo que tomar mis propias decisiones. En fin, Olivia bajaría.

Mientras se afincaban las cuerdas para el descenso, llegó Pablo, un trabajador de Flora y Fauna que conocimos cuando la guerrilla de las vacaciones. Este había estado presente en el descenso del equipo de filmación del programa “Hábitat”, pero en aquella ocasión no llegó hasta el fondo del Hoyo. Ahora llegaba con la intención de lograrlo con nosotros.

El lugar para el descenso estaba a la izquierda del sitio adonde llegaba el camino, a unos 45 grados de este. Tenía una especie de escalón inicial, para después abrirse el Hoyo como una campana. Mientras se terminaban los preparativos, Hery se dio cuenta de que había una piedra grande y otra menor sobre el escalón, que estaban sueltas. Ante nuestras dudas, él insistió en que había que quitarlas de allí, porque podían causar un accidente. Entonces Osniel bajó al escalón y empujó la mayor, cayendo esta hacia el abismo y chocando contra la rama de un árbol que rajó de a cuajo. La otra piedra provocó cierto estrépito en su caída. En fin, que Hery tenía toda la razón.

Cuando finalmente todo estuvo listo, Héctor y yo nos acercamos al borde, nos pusimos un casco cada uno y nos metimos dentro de los arneses; ambos conformaríamos el primer dúo en descender. A Héctor le tocaba, porque él sería el apoyo de Osniel abajo. Yo pedí mi lugar, porque quería estrenar el descenso. Dispersa por el borde del Hoyo, a la expectativa, estaba el resto de la tropa.

Héctor era ducho en la materia y no requirió de una explicación detallada, pero a mí Osniel sí me la dio. Yo lo atendía con la mirada, pero algo me inquietaba, por lo que observaba a mi alrededor con el rabillo del ojo. Osniel terminó instándome a bajar ya. Fue entonces cuando le pregunté, que cuándo me iba a atar a la cuerda. El caso es que me había ajustado el arnés y explicado mucho, pero mi arnés aún no estaba atado a cuerda alguna. Osniel completó el trabajo, y a las once menos tres minutos Héctor y yo comenzamos a asomarnos al borde.

Descendimos al escalón, apoyamos nuestras piernas horizontalmente sobre la pared rocosa y comenzamos a soltar poco a poco el freno de las cuerdas. Yo andaba en short y, al llegar al borde del escalón, apoyé mis rodillas sobre la roca, provocando que me llevara unos arañazos. Pasado el tramo más difícil, comenzamos a descender en el vacío, teniendo cada uno a su lado otra cuerda colgando; la de seguridad.

Cuando me vi en el aire a tanta altura, sentí una euforia que la trasmití recitando una décima a viva voz. Al escuchar mi escándalo, Janett, desde el extremo opuesto del Hoyo, me pidió que no hiciera bulla, temiendo acaso un derrumbe, a pesar de que un cartel al borde del Hoyo decía que los derrumbes son un instante en millones de años. Claro, tampoco es cuestión de apurarlos. Pero en fin, seguí con mi embullo en la bajada.

El descenso era relativamente fácil; solo había que ir aflojando poco a poco el freno de la cuerda con una mano, mientras se llevaba el brazo estirado hacia atrás. Duro iba a ser el ascenso, pues requería de un gran esfuerzo físico, pero eso quedaba para después.

Poco a poco Héctor y yo nos fuimos sumergiendo en las profundidades de aquel “tubo” natural, hasta irnos aproximando al fondo. Realmente no bajaríamos con cuerdas los 78 metros del Hoyo, sino unos 55 hasta dar con el suelo, porque para llegar al verdadero fondo había que seguir a pie sobre un terreno inclinado.

Yo me le adelanté a Héctor y me sumergí entre varios gajos de una mata, los cuales tuve que separar de mi cuerpo, hasta que por fin toqué tierra firme. Bueno, realmente la tierra no era tan firme, porque estaba compuesta por piedras blancuzcas, medio sueltas. En ocho minutos y medio había hecho el descenso. De inmediato me quité el arnés y el casco.

Cuando Héctor llegó abajo, comenzó a preparar el ascenso de nuestros arneses para que pudiera bajar el próximo dúo, mientras yo me encargaba de arrancar con las manos varias ramas de la mata atravesada, para que la llegada a tierra de los próximos fuera menos enredada.

Después empecé a bajar el plano inclinado en dirección al verdadero fondo del Hoyo. Andar por aquella superficie era algo riesgoso. Se corría el peligro de que, al pisar, uno se cayera debido al desprendimiento de alguna piedra. Eso me ocurrió en lo que me acercaba a una gran roca, pero no llegué al suelo, aunque sí me llevé un nuevo arañazo en una rodilla.

El final del Hoyo, ya con poca claridad, era una pocetica de agua, de un verde tan transparente, que se divisaba con trabajo el límite entre la tierra y el agua. Llegué a la orilla, me quieté short y pulóver, y entré en el agua, que estaba bastante fría, pero no me iba a perder aquella única oportunidad. Después volví a donde estaba Héctor.

El fondo del Hoyo hacía como una especie de espiral, donde la parte más profunda era la pocetica de agua. En el medio había un bosquecito en el que resaltaba la elevada yagruma. Una pared cercana al lugar por donde bajamos, se inclinaba de tal modo que uno podía protegerse debajo de ella como si fuera un techo. Hacia allí fui para ir concentrando a los demás que llegaran, luego de atravesar con cuidado una especie de rampa inclinada, donde abundaban las piedrecillas sueltas. Héctor se quedó en el lugar de descenso hasta avisarle a Osniel de que ya podía subir los arneses, luego de haberlos atado a las cuerdas. La comunicación entre Osniel y Héctor la facilitaban dos tronking aportados por Josué. De este modo no teníamos que caernos a gritos los de abajo con los de arriba. Después de avisar, Héctor cruzó la rampa y esperó el próximo descenso bajo la protección de la pared inclinada.

Osniel haló desde arriba y al poco rato comenzó a asomarse en la altura el dúo del Griny y Sosa. Luego de vencer el escalón previo al abismo, ambos comenzaron a descender. Pero algo le estaba pasando al Griny, que empezó a dolerle una muñeca y a demorarse por esa causa. No obstante, a esa hora no tenía otro remedio que aguantar el dolor y seguir bajando, además, el problema no era grave. Al llegar los dos abajo, se quitaron los andariveles, cruzaron la rampa y se acomodaron del otro lado.

Le tocó el turno a la pareja novata en Mal Nombre de Marlon y Amanda. Estos hicieron el descenso sin contratiempos y se sumaron a los que esperaban bajo la pared inclinada. Luego descendieron Frank Ygos y Amelie; la niña quinceañera había sido entrenada por su espeleólogo padre. Detrás descendió la pareja “amor”, conformada por Frank y Eledys. Les siguieron Olivia y Josué; ella le había alertado al grupo de no decirle nada a su mamá. Después bajaron Yanieyis y Hery, dejando arriba a sus respectivos hijos Samuel y Alain. Finalmente descendieron Osniel y Pablo, el de Flora y Fauna, completándose así la gran operación del descenso sin sufrir ningún serio percance, cuando mi reloj marcaba las tres menos cuarto de la tarde. Las jornadas de preparación en el farallón del Almendares, en el Peñón del Fraile y en el campamento de Flora y Fauna, así como las reuniones previas, iban dando sus frutos. Ya estábamos en el fondo del Hoyo de Morlotte; la primera parte de la complicada y riesgosa operación estaba vencida. Desde arriba nos miraba el resto de la tropa, la que no bajaría pero sería imprescindible en las horas siguientes.

(Continúa)

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Publicado por Bufa Subversiva

Cubanos, martianos, revolucionarios y socialistas de nacimiento.

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