Mochila al Hombro: Distintas maneras de visitar el Pan de Guajaibón

Foto: cortesía de la autora.

Autora: Claudia Damiani


Esta vez soy de las primeras en llegar, reconozco los restos del antiguo radar: dos esqueletos metálicos y una casa sin carpintería. Trepada a una de las carcasas oxidadas, mi vista domina toda la costa norte ―La Bahía de La Mulata, supongo― precedida por una verde llanura y la altiplanicie de Cajálbana. Hacia la derecha, se adivina el destello plateado de un río. Es esta la otrora inalcanzable cumbre del Pan de Guajaibón, de cuya conquista fueron disuadidos, por la abrupto de su pendiente, personajes ilustres como el naturalista Juan Cristóbal Gundlach, importante estudioso de nuestra zoología, o el escritor Cirilo Villaverde, que en Excursión a Vueltabajo narra sus peripecias por la zona.


Yo la descubrí en septiembre del 2016, en la que fue mi primera aventura con el Movimiento Cubano de Excursionismo. Aventura traumática y enfangada, donde muchos perdieron las suelas de los zapatos, antes, incluso, de arribar a su base ―en los 14 cenagosos kilómetros que la separan de la carretera― y terminaron desertando de la ascensión. Por mi parte, llegué a la cima en condiciones deplorables y bajé acechada por las sombras de la noche.


No retomaría la experiencia hasta mayo del 2019. Sin embargo, el reencuentro con El gigante de Occidente ―que, con 692 metros de altura, no resulta tan alto― ocurrió antes, mientras leía el libro Con la mochila al hombro de Antonio Núñez Jiménez. Hay muchas formas de viajar y es estimulante compaginar los recuerdos propios con la vivencia ajena.

Supe así que hubo otros que no se dejaron impresionar: Tranquilino Sandalio de Noda fue su primer explorador conocido. Fidel lo subió siendo aún un adolescente y a él estuvo dedicada la excursión del 2016. El propio Núñez Jiménez remontó su cima oriental en 1943, declarándola una de las más fatigosas subidas de montaña en Cuba por la verticalidad de sus laderas.


En mi retorno del 2019, la primera noche transcurre en un campamento del Ejército Juvenil del Trabajo, a cinco kilómetros de la base del Guajaibón ―ruta menos fatigosa―, tras un lento y tortuoso viaje en camión, que iniciado el 24 de mayo desde 100 y Autopista desemboca en un camino semi-abandonado, flanqueado e invadido por árboles de mango, cuyos frutos, a veces, se precipitan por las ventanillas.


Al amanecer se retoma la marcha, esta vez a pie y adornada por el rojo avistamiento del vientre de un tocororo entre las ramas que bordean el sendero. Reconozco el arroyo donde en el 2016 fuimos a lavarnos el fango después del descenso. Aquella vez era de noche, pero aun así identifico sus tres gruesas y herrumbrosas tuberías, perpendiculares al camino, por donde se filtra el agua que del otro lado luce estancada y cubierta por una nata blanca.


Pronto se vislumbra, a través de la maleza, una pared de piedra expuesta como una peladura gris entre el verde de la vegetación. Se trata del flanco de nuestra montaña. Una herida oscura se abre en forma de caverna, revelando su naturaleza cársica. Son las cuevas que atraviesan las entrañas del Pan, uno de sus principales atractivos, donde se han encontrado numerosos hallazgos arqueológicos relacionados con las comunidades precolombinas. Núñez Jiménez menciona sus exploraciones por la ladera septentrional, las visitas a las cuevas de Canilla y La Cueva de La Lechuza “de amplísima boca y estalactitas como patas de elefante” y el descubrimiento de un sepulcro aborigen, La Cueva de Los Huesos, que atesora numerosos restos humanos y cuentas de collar.


Sandelis, fundador y coordinador del Movimiento, nos contaría, también, que fueron estos parajes testigos de los combates librados en el siglo XIX por Maceo y sus tropas mambisas durante la invasión a Occidente de la Guerra del 95 ―siendo la más conocida y encarnizada, la vitoria de Cacarajícara. ― y que, ya entrados los años 60 del siglo XX, volverían a servir como escenario bélico para la lucha contra bandidos. Innegable es la convergencia en Cuba, de historia y naturaleza.


Al mediodía, se inicia el ascenso. El camino remeda una mandíbula, erizado en los bordes de inmensas rocas afiladas como caninos. Pronto, el sendero tuerce a la izquierda, empieza a inclinarse y es necesario usar las manos para trepar. Esta vez no hay fango, lo que hace más cómodo el trayecto. Casi al inicio, en las faldas de la montaña, aparece una enorme piedra de aristas marcadas y color blanco, que trae a mi memoria un pasaje descrito por Villaverde ―y leído como arrullo a mis vecinos de tienda de campaña, la noche anterior― donde su guía, para disuadirlo de remontar el Pan, le señala una gran peña que, desprendida de lo más alto, rodó y destrozó los árboles hasta abrir una zanja en la base. Bien podría ser esta la protagonista de aquella debacle que tanto impresionó al creador de Cecilia Valdés.


Voy atenta a los cambios en la vegetación, pretendiendo inferir la altitud por las observaciones que leí de Núñez Jiménez: a partir de los 350 metros se deben observar curujeyes. Yo encuentro pocos y a cualquier altura. Pronto aparece el cable coaxial que funge de soga para auxiliarse durante un trecho de la subida; este y la bomba de agua oxidada son los recuerdos más vívidos de mi primera visita. La bomba yace en un claro de monte y, desde esta ladera despejada, se vislumbra, con fascinante nitidez, todo el litoral norte de Pinar del Río ―que ya he descrito, desde la perspectiva más alta de la cima―: el borde del archipiélago marcado por el cambio hacia el azul y el blanco de la espuma y a mis pies, el monte convertido en textura de verde y sombras por la distancia. Hay que ir a la montaña para contemplar estas maravillas, pues las fotos no le hacen honor.


La vegetación finalmente se torna misteriosa y sobrevine el bosque de helechos arborescentes. De formas altas como palmas, cuyas hojas, compuestas y desenrolladas, acarician al pasar y que recuerdan a una era primitiva en que no había más que reptiles y libélulas gigantes sobre la Tierra. Según Nuñez Jimenez, esta clase de vegetación aparece a partir de los 400 metros de altitud y sospecho que es cierto, a juzgar por la distancia que falta por remontar.


En el último tramo, se descubren los restos de una construcción de mampostería y comienza una larga secuencia de escaleras de hormigón que lo recorren y conducen al antiguo radar. Es aquí donde ocurre la metamorfosis definitiva hacia las xerófilas: las formas vegetales se tornan ásperas y hostiles, con follajes raquíticos y predominan los magueyes con sus hojas como tentáculos verde-grisáceos dentados de espinas. Hemos llegado a nuestra cumbre, el mismo punto donde esta crónica comenzó.

Foto: cortesía de la autora


Los excursionistas se van amontonando en el techo de la construcción. Algunos antes de subir se toman fotos junto al busto de sócalo bajo y color crema de Maceo, colocado allí desde el 2006. Siempre lamentaré que esta representación del Titán no sea de bronce sino de piedra. Antes de unirme al resto, recorro el interior del inmueble vacío, donde hará tres años, muchos nos tiramos a morir deshidratados tras alcanzar la cima ―alguna que otra foto habrá de aquel entonces, donde se puede distinguir mi cadáver―.


Desde el techo, puede apreciarse, al Este, la continuación del Guajaibón y las interminables cumbres de Guaniguanico, donde la Sierra del Rosario se transforma en Sierra de los Órganos. También al Sur, entrelazadas y ondulantes como gigantescas serpientes que se van volviendo azules y difusas en la distancia, se extiende la cordillera. He escuchado y leído que es posible distinguir, tras ella, al Mar Caribe y algunos cayos de la costa meridional, confundiéndose con el horizonte, mas no lo he comprobado.


Finalmente, se comienza el descenso, que sentí sencillo comparado con el que recordaba. Al llegar al campamento ya se levantan las primeras tiendas, incluidas dos sobre la escueta techumbre de lo que, en otro tiempo, debió ser un cuarto de desahogo o una letrina. Desde allí, sus inquilinos otean los alrededores ―como se cree lo hacen los dioses y las tiñosas―: allá el bohío viejo, separado del erguido pedestal por una explanada de hormigón, el campamento de hierba domada al que rodea un monte voraz.


Camilo, un excursionista de mi grupo que ya era un hombre en el siglo XX, juguetea con lo que cree es un juvenil de majá de santamaría y nos descubre una enorme puerca con sus rosadas crías escondidas tras el bohío. Una vez cortada y recolectada la leña para cocinar, es tiempo de bañarse. El trayecto “del Pan al río” es ahora la ruta más transitada, en un sentido van los que traen la ropa teñida de tierra y sudor y en el otro, quienes vuelven resplandecientes. El río no es agradable, por somero y frio, pero la sensación de limpieza siempre es grata.


En el campamento hay dos grupos atendiendo la cocción de los espaguetis, yo me uno a un tercero dedicado a picar los embutidos para la salsa. Muchos quieren también ayudar y pronto hay más voluntarios que cuchillos. La cena está lista a buena hora, es la única comida del día ―solo apuntalada por la leche con galletas del desayuno y el pedazo de maní del almuerzo―, pero aún faltan algunos por regresar, incluido un grupo que fue hasta una poceta a 5km.


Pronto, todos se van incorporando y se reparte la segunda ración ―para alivio de quienes claman por “el doble” ―, solo falta una pareja que olvidó un reloj en la poceta. Se les guarda comida. No supe hasta el día siguiente que, de hecho, se habían perdido y hubo que irlos a buscar. Esto, comparado con el saldo de cinco perdidos del 2016, es todo un logro, sin mencionar que esta vez no hubo deserciones y los 130 participantes coronamos la cumbre del Pan de Guajaibón. El Movimiento se ha hecho más fuerte y sus miembros también.


A la mañana del 26 se emprende el regreso hacia La Mulata, esta es la agotadora vía que antaño costara tantas suelas de zapato a los senderistas, 13 km de marcha hasta la carretera, donde nos recogerán los camiones. Mi grupo tarda en abandonar el campamento, se espera por dos amigos que fueron en busca de agua y regresan con la sorpresa de un mamey silvestre; uno de ellos, ―dueño de tierras sembradas de árboles frutales― me había contado que quien siembra mamey no lo consume, pues tarda mucho el árbol en dar frutos. A la naturaleza se la puede engañar con injertos, pero nada hay más altruista que sembrar semillas de mamey.


Durante todo el camino nos persigue una perra perdiguera con los ojos opacos de cataratas, es muy dócil y se baña en todos los riachuelos que aparecen, quizá por aliviarse de las abundantes garrapatas que infectan estos pastizales o por el sencillo placer de refrescarse. Esta vez no queda nada de las martirizantes lagunas de fango que envilecían la senda; el Sol, quien ha cuajado para nosotros la arcilla del suelo, también quema y deslumbra.


Ya en la carretera, nos acomodamos hasta ver llegar la retaguardia. Desfila el gran caldero, cargado entre dos, y las jabas de basura, donde van nuestros desechos y los que hemos recogido del camino ―para hacerle más grato el paisaje a sus visitantes futuros, como el sembrador de semillas de mamey―. Se organiza una segunda merienda con los alimentos que sobraron.


En un primer camión se van las familias con niños. Los otros 70 nos quedamos con Sandelis esperando un segundo vehículo. Rompe a llover. El torrencial aguacero se prolonga varias horas sin provocar desánimos y cuando ya despeja el cielo, aparece el camión. Lo abordamos. Amanecen, entre las nubes grises, las serpenteantes cumbres de Guaniguanico, y vuelven a amanecer, evocadas por mí en este recuento de viaje, que es en sí mismo uno y muchos viajes a la vez.

Publicado por Bufa Subversiva

Cubanos, martianos, revolucionarios y socialistas de nacimiento.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu sitio web con WordPress.com
Primeros pasos
A %d blogueros les gusta esto: