Desde el frente: La Balear y el amor en los tiempos de la COVID

Autor: Miguel Alfonso Sandelis

¡Cómo olvidársele aquel día en que cargó a la bebé! La madre volvió a dar positivo, pero la niña no. El padre esperaba ansioso en los bajos del hospital, con los brazos por abrir. Alejandro, vestido de “escafandra”, entró a la Zona Roja a recoger a la niña. El pasillo, la puerta, el elevador se sucedieron en un trayecto de vida, hasta entregarle la bebita al padre.

Alejandro

En la Calzada de San Miguel del Padrón, a unas cuadras de la Virgen del Camino, se alza una antigua construcción pintada de verde. En tan notable recinto, el entra y sale de padres con niños ha formado parte de su rutina desde siempre. Pero por estos meses algo ha cambiado. Las consultas llenas, las visitas en las tardes y el habitual entra y sale se han trocado por controles en las puertas, nasobucos, mediciones de temperatura y pomos de hipoclorito. El hospital pediátrico que atiende a los infantes de los municipios del este de La Habana ha visto llenar sus salas con niños contagiados o sospechosos de portar la COVID-19.

Cada vez que Legna se levanta y entra a un cubículo a limpiar, juega con los niños a los escondidos entre los muros y deja que ellos les hagan sus cuentos y que le regalen dibujos, y hasta una flor de papel, porque ellos, sin darse cuenta de la situación en que vivimos, no dejan de sonreír.

Legna

Hace unos días, a La Balear sanmiguelina llegó un grupo de estudiantes a cambiar los estudios por desvelos hacia aquellos niños que la COVID asediaba en su inocencia. No estudiaban medicina, ni enfermería, ni tecnología de la salud. Jamás habían entrado a un hospital a otra cosa que no fuera a visitar a un paciente o a serlo ellos mismos. Sencillamente, eran jóvenes con unos deseos inmensos de darle un beso al mundo. Y se lo dieron.

A Anita le cambió la vida. Veía en la televisión los casos de infestados, los números, las cifras, pero solo pudo asimilar lo que estaba sucediendo cuando llegó al hospital; cuando escuchó a un niño pasar de la tranquilidad al llanto intempestivo, y del dolor a la risa, porque ya se sentía mejor; cuando entró a una habitación y vio los ojos de un pequeño paciente necesitando de ella, y ansiando porque todo pase pronto. Aquí conoció la fragilidad humana, pero también la forma de sobreponerse, y de hacerse más fuerte. Lo vio en los médicos, en su capacidad de decir “No” al miedo, en su fuerza de voluntad incontenible, de levantarse por las mañanas con el cansancio de la guardia de días anteriores, o de hacer una broma que alegrara el ajetreado día, tomándose un café.

Anita

La comida en el hospital es bastante buena, tanto en cantidad como en calidad. Además, les dan tres meriendas al día. Los que trabajan en Zona Roja duermen allí adentro. A los otros les improvisaron un alberge en un aula del edificio docente y, hospital pediátrico al fin, sus camas son literas con barandas, por si acaso.

Con los días, estos nueve valientes se han ido ganando el derecho a formar parte del “gran núcleo familiar” que es el hospital. Si la Directora es la jefa del núcleo, Lucía es la mamá, Caridad la abuela, y así han ido sumando tíos, hermanos, primos, y hasta novia.

Javier es fumigador. Cada vez que se va de alta un paciente activo o un sospechoso, fumiga la cama y el cuarto y el baño y el pasillo. Pero Javier hace más. Lo mismo carga las pertenencias de los pacientes, que les sirve de guía hasta la sala, que lo que haga falta. Porque Javier está allí para ser útil.

Javier

Casi todos han repetido rotaciones, pero los primeros días de esta vez fueron los más difíciles. Si antes había dos salas de positivos y otras dos de sospechosos, ahora hay cuatro de positivos y una sola de sospechosos. Pero ellos volverán a repetir, porque mientras haya COVID y ojos de niños para ver, La Balear estará en sus mentes como aquel lugar al que hay que ir a dar esa parte de lo humano que le pertenece a los demás.

¡Cómo no recordar aquel día de su primera rotación, en que el techo de la sala se derrumbó y todo parecía una locura! ¡O encariñarse con Fabio, con sus dos añitos!, aunque no la dejara dormir de madrugada, y con su hermano Peter, o su mamá que se llama Dailin igual que ella, y con toda su familia. Y aquel día en que le dieron el alta porque el PCR le dio negativo, y esa mezcla de alegría con nostalgia, porque todavía extraña a Fabio.

Dailin y Fabio

Las muchachas llegan al extremo con eso de lavarse las manos, pero las cuatro están en Zona Roja. ¡Ni qué decir las de terapia! Y no es solo lavárselas, sino que hay que echarse mucho alcohol. Los muchachos se hacen los que se molestan, porque “ya lo de ellas es mucho”. Pero entre gorros, batas, nasobucos, zapatos verdes, manos lavadas, cambios de ropas y baños, los nueve les cierran las entradas a la COVID. Ya son 11 rotaciones en La Balear y, entre los más de 100 estudiantes que han rotado, no ha habido un solo contagio.

Al abrirse la puerta, sale un joven de bata blanca, con gorro y pantalón verde, y nasobuco azul claro. Le he interrumpido su labor de limpieza en la sala. A Marlon me cuesta trabajo sacarle las palabras, y es arisco a las fotos. Pero no es necesario, porque él habla con los hechos. Esta es su segunda rotación, y no hizo falta llamarlo.

Marlon

A los transportistas les dicen los grandes caminantes, y no es para menos. La Balear está llena de recovecos y, además del edificio principal, hay otras construcciones dispersas en un gran patio. Alejandro ya tiene un tenis despegado.

Laura recuerda a Enriquito, de cinco años, que llegó el mismo día que llegaron ellos, y desde que entró por la puerta, lo primero que dijeron fue que ese niño se iba a ganar a todos, y así mismo fue. Cuando llegaba con la comida, preguntaba qué había, y decía que a él le gustaba la carne, y ni hablar cuando tocaba la leche de la noche, que, si se demoraba, la pedía. Llegó su resultado negativo y luego la sala no era la misma. Y en su segunda rotación, en la única sala de positivos, tenían una pequeña de cinco años, Wendy, que, por su forma de ser, le recordó mucho a Enriquito. Ella sí que era la candela, como decimos nosotros los cubanos. Se pasaba el día hablando y al principio les preguntaba el nombre 500 veces al día, que hasta la mamá le decía que se callara, porque los volvía locos, pero se le tuvo muchísimo cariño, y hablaban con ella siempre que estuvieran cerca de su cuarto. Eso sí, discutía por su leche caliente por la mañana y por la noche, si se demoraba. El día que le dieron el alta fue súper feliz para todos. Luego de muchos días, ya se había curado y ya desde temprano estaba vestida y arregladita de lo más linda. Laura también le tomó mucho cariño a los pequeños Paola y Diego, una preciosura de niños que eran los más chiquitos de la sala, súper tiernos y que se reían de la mínima monería que les hicieran, y qué tranquilos, que ni por las medicinas lloraban.

Laura

Salvo Anita, todos están en la CUJAE. Ella es estudiante de diseño y recién terminó su primer año. Se enteró por una amiga, y allí está, formando parte de un equipo que ya es toda una familia.

Los siete cujaeños han repetido en La Balear. Alejandro, dirigente de la FEU en Informática y coordinador del grupo, ya va por cuatro. Él es asmático y hace cuatro o cinco años estuvo ingresado, pero el deporte lo ha ayudado, sobre todo las artes marciales. La COVID es una enfermedad respiratoria, pero ¡quién le niega a este muchacho su aporte en el pediátrico!

Laura, también en el Secretariado de Informática, y Marlon, de Tele, van por tres rotaciones. Ihordan, el arquitecto, lleva cuatro. Y qué decir de Legna, de Industrial, que esta es su quinta. También repiten Javier, de Industrial, más Dailin y Oscar, ambos de la facultad de Mecánica, ella metalúrgica y él mecánico.

Para Ihordan, la Zona Roja ahora es su lugar. Él trabaja en el pantry de la D y, según dicen, parece el “Jefe de la Sala”. Tal vez por eso, y por más, “se ha echado en el bolsillo” a las madres de los niños. Quizás por crearse en sí mismo un gran sentido de pertenencia con la situación del país, y lograr trasmitírselo a las madres que ingresan a diario, haciéndoles sentir que esa es su casa. Aquí ha aprendido a hacer mucho con poco y a no poner tantos peros ante el trabajo.

Ihordan

A la Directora del hospital le ha crecido el número de hijos. Cuando habla de los nueve, se le nota cierto orgullo. Su oficina está en el segundo piso de una construcción aledaña al edificio antiguo. Es una habitación sencilla, pintada de blanco, con su buró y unos butacones para invitados. Pero lo más valioso está al final, pegado a la pared. Allí, sobre una mesita, reluce la bandera de “PROEZA LABORAL” que mereció el hospital. Tres cuadros con sus marcos, muestran sendos diplomas otorgados a La Balear, y entre ellos, en el centro, como el corazón en el pecho, cuelga una gorra de la CUJAE.

Oscar y Yaneisy

Oscar va con el carrito subiendo por la rampa hacia la cocina. Me mira cuando le tiro una foto y sigue rampa arriba. En su labor de transportista de alimentos, me lo imagino recordando los días en la facultad, o quizás aquella guerrilla al Cañón del Santa Cruz con nuestra gente de Mecánica, o tal vez la última prueba del semestre. Pero creo que no, por lo último que me dijo. Seguro estoy ya de que, entre imágenes en su mente, va Yaneisy, la enfermera del hospital, a quien conoció en la anterior rotación, su novia hoy. Y es que la COVID no tiene armas contra el amor.

Publicado por Bufa Subversiva

Cubanos, martianos, revolucionarios y socialistas de nacimiento.

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