Me llevo…

Autora: Karla Santana Rodríguez

Me siento, medito, me lanzo, me retracto, me vuelvo a lanzar, se me entrecorta la garganta, me acomodo, me incomodo, y así -cíclicamente-mientras me mira fijo, desafiante, condescendiente. Sigue pálido con una pequeña flecha roja que acostumbro a usar cuando quiero desplegar alguna idea. Pareciera que cosas más difíciles he hecho pero ésta se me convierte en un verdadero reto.


Es que, pienso: ¿cómo escribir sin el temor de ser injusta en lo limitado de mis líneas, o en lo egoísta de mi percepción de una realidad que fue tan mía como nuestra?


No obstante, me siento deseosa de decirles, de contarles, así que me arriesgo a la crítica amiga y a la mordaz que sabe de técnicas literarias, después de todo puedo escudarme con que estudio derecho y nada sé de redacción.


Aquí les dejo nada más que con las historias simples que atrevida me arrojo a escribir.


Confieso que me inspiraron las preguntas de una profe de periodismo, que me hicieron ir en necesaria retrospectiva para poder responderlas. Me llevaron hasta el día 17, donde por segunda vez me aventuraba a vestir de verde y tirarme en una batalla campal contra el traje ancho que poca justicia hace a mi corta estatura y mirar de frente los ojos de lo positivo.


Creo que me llevó hasta allí la presión que uno mismo se impone de ser útil, sentía que era allí donde el apoyo se materializaba en acción y mientras haya tanto por hacer uno no puede quedarse quieto. No me permito mientras haya por obrar hacer menos que hacer.


Partimos esa mañana, la caravana comenzó la recogida a las 6am; algunos habían estado hablando hasta altas horas de la noche, la impaciencia y el insomnio que saben cómo colarse, otros apenas durmieron, pero todos parecían felices cuando se embarcaban en aquella guagua; me parecían felices, llenos de ganas, llenos de bondad, respiré tanta dulzura en aquel pequeño pedacito de mundo que ya nos íbamos construyendo.


De aquella beca, que aunque familiar ya no era la misma, me llevo el colorido de batas verdes, azules, blancas, los gorros con que algunos parecíamos cirujanos y otros -los más- panaderos; recuerdo los guantes verdes, naranjas, blancos… Toda aquella mezcla heterogénea es la imagen que me asiste cuando pienso en el centro.


El sonido: el de los pasos apresurados por las escaleras. Cuando nos llamaban porque urgía alguna tarea o era horario de comida, bajábamos casi corriendo en una infantil carrera. Esos pasos fuertes los recuerdo siempre: no me queda claro la razón, pero sé que los recuerdo y me gusta.


De mis camaradas, mis compañeros de lucha; me llevo sus manías, sus costumbres matutinas, sus chistes, su música. Me llevo las conversaciones nocturnas, los cine-debates.


De Amandita, cuasi jurista, la más pequeña, mi protegida. De ella me llevo su transparencia disfrazada de misterio, su capacidad de decir sin hablar, su calma, su mirada juiciosa cuando alguno tiró un chiste fuera de lugar, su timidez y su vergüenza ajena. La rectitud de sus posturas, casi de modelo.


Me llevo lo metódico de sus acciones matutinas y lo poco silencioso de sus limpiezas de madrugada. Ella preguntaba si molestaba, todos decíamos que no, pero aquí en secreto: ¡menudos conciertos de trapeadores que tiraba!


Me llevo aquella frase épica que dejó a todos helados cuando más románticos estábamos en la víspera de la anunciada retirada: «Ay no es para tanto»; me lo llevo porque sé que para ella sí fue grande, sí fue importante. De ella me llevo su único abrazo, el de la despedida, sorpresivo y sincero, acompañado de un: «Gracias, Karlita, por traerme».


De Jesús, papá buda lo bautizamos, creo que todo fue culpa de Manuel, por una foto que le hizo mientras dormía. De Jesús me llevo su fuerza, sus consejos. Las palabras alocadas que tiraba de cuando en vez. Me llevo el recuerdo de mis regaños, otro tornado en zona roja. Me llevo su broma pesada el ultimo día, algunas lágrimas me sacó.


Me llevo su compañía en todas mis broncas, era mi Sancho. Recuerdo la ternura que nos provocaba cuando salía contando con orgullo nuestra luchas contra molinos.

De Julián, pichón de matemático: nunca conocí nadie tan apasionado por su ciencia como él, parece un enamorado cuando habla de sus curvas. De él me llevo su energía contagiosa acompañada de tímidos quejidos por un cuello torcido, una rodilla caprichosa o un brackets malicioso. Me llevo sus ganas de hacer; las peleas interminables para decidir quién entraba a zona roja, o por su insaciable búsqueda de trabajo.


Me llevo sus conversaciones profundas, su búsqueda del hombre nuevo, su seguridad en que lo encontrará. Su preocupación constante por las acciones que desde fuera también hubiera querido asumir. Su extraordinario gusto por la música, me llevo de él su música. Sus despedidas sin despedida. Me llevo su naturalidad, su despeine sin remedio y la inspiración que deja en quienes le conocen.

De Anita me llevo su amabilidad extrema, su sentido maternal, sus leches calenticas en la noche, su risa estruendosa, que yo defendía siempre. Me llevo su sensibilidad y su dureza, su pasión por el romanticismo: ella pareciera haber vivido en aquellas épocas de princesas y actos caballerezcos. Me llevo el recuerdo de su sábana tapándome cuando el sueño me venció en el sofá, su preocupación constante por complacernos, sus dulces, hechos a propia mano para nosotros, me llevo su abrazo cuando fue necesario, ella sabía cuándo lo era. Sus conversaciones cómplices, sus rabietas (que confieso apostábamos cuánto durarían: nunca ganaba, Manu y Julián eran más diestros). Me llevo sus ilusiones, sus libertades y su desenfado. Me llevo su lealtad y su confianza.

De Claudita, ella que es toda paz, me llevo la pausa entre oraciones cuando habla, la risa escurridiza: apenas se escucha, cuando logras descifrar su melodía, es inevitable contagiarse. Me llevo el recuerdo de su cuello luchando contra una tortícolis segura cuando se quedaba dormida en media sala, ¡en media conversación!


Me llevo su gusto por mi música, sus palabras cortas, escasas, las necesarias. Me llevo su insistencia porque tomáramos ¨Propolina¨ -creo se llama-, un medicamento nuevo, nos decía.
«¡Sirve para todo!»- aseguraba, cuando no le creíamos.


Me llevo el recuerdo de su sonrisa preguntándome: «¿Quieres huevito frito?», complaciéndome cuando no quería comer. Me llevo su conocimiento de cine cubano, sorprendente. Y me llevo sobre todo sus pequeñas conversaciones consigo misma.

De Manuel: Manu le llamamos, me llevo su alegría, la que provoca, todo cuanto le rodea se llena de vida cuando él está. Sus chistes, la mayoría buenos, otros no tanto pero que ya daban gracia, era mirarlo y uno sonreía. Me llevo su ingenio, su creatividad, siempre sabía qué imagen representaba el momento.


Me llevo sus canciones disparatadas, no había una a la que no le cambiara la letra por alguna bufa. Me llevo su tolerancia con mi obsesión por el orden, de todos, él fue quien más lo notó. De Manu me llevo la agudeza de sus pensamientos, su «metratanca» como le decimos.


Me llevo sus convicciones, el cariño por su familia, recuerdo que todos los días su abuelita Eva, su mamá, su abuelo, su papá, sus hermanos; toda su familia en función suya. Y él, como si practicara una religión, se despedía de la sala por unos minutos para hacer sus «llamadas familiares». Me llevo su carácter tempestivo y dulce.


De aquellos días me llevo la certeza de la transformación que desde lo humano representa estar allí, la tranquilidad de estar donde debía.


Me llevo la mirada humedecida y la voz entrecortada de una paciente cuando agradecía. Me llevo el recuerdo de los ¨negativos¨ cuando se despedían: airosos, desenfadados, agradecidos.
Me llevo especialmente la pregunta preocupada de una paciente: «¿Quién tu eres, que haces aquí voluntaria? ¿Eres cristiana?» Y me llevo mi respuesta: «No, señora soy comunista». En aquel momento presumí que en mi respuesta estaba la clara afirmación de que entre nosotros hay también acción desinteresada, humanismo, gente buena.


Me llevo además la crítica necesaria, la constructiva y la mordaz. Me llevo el recuerdo de los rostros marcados por las caretas, del sudor que se dibujaba en la bata, el agua fría después de zona roja. De aquel centro me llevo el abrazo distante que quise dar cuando aquella abuelita lloraba frente a mí. Me llevo la paz del esfuerzo extraordinario que se hace por ganar esta batalla.


Me llevo las ganas de seguir sintiéndome así, de seguir construyendo, de no cansarme.

Publicado por Bufa Subversiva

Cubanos, martianos, revolucionarios y socialistas de nacimiento.

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