José Martí: ideas en torno a Marx y el Socialismo en Cuba

Autor: Raúl Alejandro Palmero Fernández

Preludio necesario

A los lectores confieso que este es un tema que me ha apasionado desde la adolescencia. En cierta ocasión, hace cinco o seis años, más inmaduro e ingenuo de lo que hoy sigo siendo, me atreví a investigarlo en compañía de un amigo y posteriormente compartimos los resultados.

Es un asunto que ha sido abordado por lo mejor de la intelectualidad del siglo XX en nuestro país, pero que, desgraciadamente, no ha logrado enraizar en el debate cotidiano que la academia, los círculos investigativos y la praxis revolucionaria, deben desarrollar al respecto.

Pero, ¿por qué volver sobre él?

Como consecuencia de su insuficiente abordaje existe desconocimiento por parte de la población, resultando una zona oscura para las generaciones más jóvenes de cubanos, que se ha convertido en punto central de ataques y burdas tergiversaciones por parte de los enemigos históricos de la nación. Hay estudios claves para entender esta cuestión, pero urge refrescarla ante tiempos convulsos.

La estrategia desde los laboratorios ideológicos del enemigo, es tratar de destruir el proceso revolucionario desvinculándolo de su germen principal: el pensamiento martiano.

Este es un tópico sensible, que más de una vez ha sufrido incomprensiones. La incomprensión, empero, es un riesgo que debe correrse. La verdad es, y será, siempre revolucionaria. A Martí, a su relación con Marx y el Socialismo, los marxistas, o aspirantes a marxistas cubanos, somos los primeros que le debemos comprensión y análisis. No en vano, nuestros   primeros comunistas alzaron su pensamiento y obra, anteponiéndolo al peligro de la anexión.

Adelanto que Martí no fue nunca socialista ni marxista. El dogma en estos casos puede resultar tan dañino como la mentira; pero si bien no era socialista, en efecto, tampoco fue antisocialista, ni anticomunista, como sí un ferviente antimperialista e independentista, que sangró a favor de los pobres, la solidaridad y la justicia social. No soy historiador, pero como tantos otros, pido prestada la licencia para exponer estas ideas.

Influencia de Martí en los primeros socialistas cubanos

No es un hecho nuevo que Martí sea base axiológica y espiritual para los marxistas cubanos. Tampoco es un “pecado” exclusivo del triunfo de la Revolución (desde el entendido de la reacción) la vinculación del pensamiento martiano al movimiento comunista. Desde finales del siglo XIX los marxistas en Cuba, patriotas e internacionalistas por excelencia, calcularon en la justa medida la estatura política y moral del Apóstol de la Independencia. Quizás el “pecado” de Fidel y la generación del centenario sea precisamente llevar de la palabra al hecho el credo martiano, y liberarlo finalmente de ser “piedra inmóvil y muda, con el índice muerto”[1], como sentenciara el Indio Naborí.

       

Imagen tomada de Internet

Diego Vicente Tejera, pionero del socialismo utópico en Cuba, uno de los fundadores del primer Partido Socialista Popular cubano en 1899, sentía gran simpatía por José Martí. En el  año 1879 llegó a ser vocal de la sección de Literatura del Liceo Artístico y Literario de Guanabacoa, dirigida por el propio Martí, y en su estancia en Nueva York entre 1885-1888 coincide con el Apóstol,  indetificándose con sus ideas independentistas.[2]

Son más conocidas las relaciones de trabajo y amistad entre Carlos Baliño y Martí. El patriota y comunista cubano fue impulsor de las primeras organizaciones marxistas en Cuba, y tiene el doble mérito de participar en la fundación del Partido Revolucionario Cubano y, posteriormente, de nuestro primer Partido Comunista.

Refiriéndose al Apóstol expresaría: “Aunque Martí es una inteligencia privilegiada, no es por esto que se lleva tras sí el corazón del pueblo; porque, ¡ay!, sobran en este mundo las lumbreras que harían favor al pueblo con apagarse para siempre. Es que, además de ser una lumbrera, una inteligencia privilegiada, es algo superior a esto, es un carácter, una conciencia augusta, un corazón amante y generoso cuyas fibras (…) responden a todos los gemidos y suspiros de los seres que van por la tierra abrumados bajo el peso de sus cadenas y sus dolores”[3]

El joven Julio Antonio Mella, cofundador junto a Baliño del Partido Comunista, y poco antes, de la histórica Federación Estudiantil Universitaria (FEU), enalteció, como pocos, las ideas de Martí en el impulso a organizaciones antimperialistas y en el anhelo de la integración continental. La inauguración de la Universidad Popular José Martí fue un preclaro tributo.

En el año 1926 escribe desde México “Glosas al pensamiento de José Martí”: “Es necesario dar un alto, y, si no quieren obedecer, un bofetón a tanto canalla, tanto mercachifle, tanto patriota, tanto adulón, tanto hipócrita… que escribe o habla sobre José Martí”.[4]

Un caso estremecedor es el de Rubén Martínez Villena, quien compartió ideales, virtudes y condiciones con el Héroe cubano. En Rubén se reencuentran el jurista, el genio político y artístico, el impulsor de las causas justas y el poeta. Es también, un joven que padece el sufrimiento de la enfermedad que apaga su vida con apenas 34 años.

En su contundente “Mensaje Lírico Civil” denuncia:

Hace falta una carga para matar bribones,

para acabar la obra de las revoluciones;

para vengar los muertos, que padecen ultraje;

para limpiar la costra tenaz del coloniaje

(…)

para que la República se mantenga de sí,

para cumplir el sueño de mármol de Martí

De igual modo sucede con Pablo de la Torriente Brau, otro muchacho valeroso y audaz, cuyas convicciones lo llevarían a morir en tierras lejanas. Marxista, militante activo y con dotes de escritor y periodista, signó su vida con una pasión extraordinaria por Cuba. En una de sus míticas cartas, refiriéndose a la presencia del ideario martiano en el movimiento revolucionario, expresó: “Su sombra es cada vez más clara, más trasparente. Su grandeza con el tiempo va adquiriendo estatura majestuosa y se pronuncia hacia el futuro como un precursor genial de las luchas contra el imperialismo.”[5]

Existe la falsa prédica de que todas las tendencias políticas de la época utilizaron a Martí como bandera. Sin embargo, ningún grupo como el de los revolucionarios, padeció con tremenda magnitud la herejía de ser, y no decir ser, martianos.

Para estos casos la mejor respuesta ya fue dada por el “viejo Roa” en el año del centenario: “Escribir o hablar de Martí puede cualquiera. Lo que ya no puede cualquiera es vivir, como propia, la vida de sacrificio, abnegación y coraje que vivió Martí. Vivir como Martí vivió, en tensión heroica contra lo que es, y está superado, es patrimonio exclusivo de los que viven para Martí y no de Martí”.[6]

Hay otros nombres imprescindibles que durante la neocolonia lucharon bajo el influjo del pensamiento martiano: Juan Marinello, Carlos Rafael Rodríguez, Blas Roca, Armando Hart, Fidel Castro; entre otros muchos. No me detendré en este breve acercamiento a analizar el impacto que tuvo en sus personalidades la figura de José Martí, pues disfrutaron la suerte de ver triunfar el proceso revolucionario y aportaron su formación martiana, y el conocimiento del pensamiento del Héroe Nacional, a la gigante tarea de garantizar el desarrollo y sustento político-moral de la nueva sociedad.

¿Qué socialismo conoció Martí?

Ya se partió de la hipótesis de que el Apóstol no fue marxista, ni socialista. No era esa, necesariamente, la base para su acometido político; ni el problema de la liberación nacional un tema central para el marxismo en aquellos años, centrado  en la cuestión de la revolución proletaria internacional. Es quizás a partir de Lenin, que esta cuestión cobra fuerza. Por otro lado, Martí, no concebía encontrar en otras latitudes las realidades, particulares y propias, que tenía ante sus ojos.

Al hombre hay que analizarlo en su contexto, parte integrante, transformadora y transformada, por las condiciones histórico-concretas en que se desenvuelve. La situación particular de Cuba en pleno siglo XIX distaba mucho del resto de Europa y los acontecimientos convulsos en que se adentraba la humanidad.

Cuando la colonia irrumpió en la isla en 1492 e implantó el sistema de Encomiendas, más que un adelanto, provocó el estancamiento socioeconómico con respecto al resto de Europa y al papel que las fuerzas productivas deberían jugar en los años siguientes. Este estancamiento pronto se trastocó en atraso, y se arrastró hasta la época decimonónica, en que apenas podía hablarse en nuestro país de clase obrera, industrialización y desarrollo capitalista. La explotación a que eran sometidos los criollos, los esclavos y campesinos cubanos, difería en gran medida de la lucha de clases que se tensaba en los países más desarrollados del hemisferio occidental.

Es gracias a su exilio, su conocimiento de las tierras nuestro americanas y especialmente su estancia en el vecino del norte (1880-1895), que llega el Apóstol a comprender en profundidad el capitalismo, la explotación al obrero y las ideas distorsionadas sobre el socialismo que en ese país imperaban.

No existen referencias claras de que el Apóstol haya tenido acceso a las obras marxistas que en inglés y francés circulaban por aquellos años en los Estados Unidos; tampoco puede especularse un conocimiento cabal de la teoría de Marx por su parte. De igual manera, no reseña la historiografía, algún tipo de contacto con los marxistas que vivían en los Estados Unidos, como Joseph Weydemeyer, Federico Sorge, comunistas amigos de Marx que emigraron a aquel país en 1849, o Joseph Dietzgen, revolucionario alemán que llegó al país norteño en 1884.[7]

Es válido recalcar que la cuestión nacional, su tarea principal, no tenía aún el peso necesario en el desarrollo del marxismo.

Un punto esencial que limitó la comprensión de las ideas marxistas por el Apóstol fue el hecho de que en la década de los ochenta en aquel país coexistían varios partidos que se autodenominaban  socialistas, sin contar los llamados “socialistas” que no integraban las filas de ningún partido. Por ejemplo, desde 1874  los marxistas fundaron el Partido  Obrero Socialdemócrata de los Estados Unidos. Más tarde se fundaron el Partido Obrero de los Estados Unidos, el Partido Obrero Socialista, el Partido Obrero Unido, y clubes de tendencia socialista. Además, entre estos partidos se daban pactos, alianzas y escisiones que hacían aún más confusa la situación. En el país norteño socialistas no solo eran los seguidores de Carlos Marx: también los seguidores de Ferdinand Lasalle; los anarquistas, que proclamaban el llamado socialismo revolucionario. Califica como socialista a Jean-Paul Marat, representante del ala izquierdista de la Revolución francesa; al magnate millonario Courtlandt Palmer, quién fundó en Estados Unidos un club de libre difusión en el que participaron representantes de todos los credos e ideas; llama comunista a Mijaíl Bakunin, padre de la filosofía anarquista.[8]

Resulta indiscutible, ante tanta discordia, el cuadro distorsionado que encontró Martì acerca de lo que llamó “la idea socialista”.Aún, hoy en día, los términos “socialismo” y “socialista” se emplean con vaguedad o indebidamente, al punto de subvertir sus esencias.

Cantón Navarro refiere, por si fuera poco, los errores de los seguidores de Marx en los Estados Unidos. En efecto, los socialistas norteamericanos fueron criticados primero por Engels y luego por Lenin. Engels les señaló: “no han aprendido a usar la teoría como palanca que podría poner en movimiento a las masas norteamericanas, en su mayor parte, no entienden la teoría y la tratan de forma abstracta y dogmática (…). Para ellos el marxismo es un credo y no una guía para la acción”.[9] Lenin les reprocha haber hecho del marxismo una “ortodoxia fosilizada”.[10]

Las ideas de Martí fueron un torrente en constante evolución, y así se aprecia en sus concepciones acerca de la situación socio económica en los Estados Unidos, el conocimiento de las “entrañas del monstruo”, la explotación del obrero, y su comprensión prematura de la fase imperialista del capitalismo norteamericano. No obstante, como se ha explicado, no resulta válido afirmar que Martí, en tales circunstancias, y ante tales exponentes, hubiera podido comprender, y compartir a cabalidad, el ideal marxista.

Ideas divergentes y convergentes respecto al Socialismo

Hay varios puntos divergentes entre Martí y la idea socialista. Primeramente, no reconoció el papel de la lucha de clases como el modo de cambiar la situación de explotación que sufrían las masas trabajadoras, y es ese uno de los puntos en que difiere con Marx, como veremos más adelante. Es por eso que califica a la contienda que prepara como “necesaria” y se preocupa porque esta no se convierta “por nuestra incapacidad y desidia en una revolución de clases”.[11]

Era justificada su postura, partiendo de que debía aglutinar fuerzas, formadas por todos los sectores y estratos sociales, para impulsar la guerra.

Tampoco atribuye el origen de la explotación, de la desigualdad, de la sociedad divida en clases, a la propiedad privada sobre los medios de producción. Aunque sí refirió lo injusto de las oligarquías, la privatización de la tierra y otros recursos naturales, así como se pronunció, en letra y espíritu, exigiendo por la función social de la propiedad.

Pero además, nada en Martí es estático o lineal, vale la pena regresar a su diario, De Montecristi a Cabo Haitiano, para redescubrirlo más antagónico con las desigualdades e injusticias de la época; de manera especial en sus anotaciones sobre el libro «Les Mères Chrétiennes des Contemporains Illustres» y las llamadas “carreras liberales”: “Es inútil y, generalmente dañino, el hombre que goza del bienestar de que no ha sido creador: es sostén de la injusticia, o tímido amigo de la razón, el hombre que en el uso inmerecido de una suma de comodidad y placer que no está en relación con su esfuerzo y servicio individuales, pierde el hábito de crear, y el respeto a los que crean.”[12]

Otro cauce sobre el que se muestran las críticas de Martí se aprecia en torno a la obra “La Futura Esclavitud” (1884), del intelectual británico Herbert Spencer, luchador contra el sindicalismo y el socialismo, que militó en organizaciones de su época como la Liberty and Property Defence League.

La “Futura Esclavitud”, a la que se refiere Spencer, es el socialismo, y fue desacreditada por defensores de la clase obrera como Henry George y el cubano Pablo Lafargue.

Tomando como base esta obra Martí también realiza señalamientos, y denuncia riesgos como el burocratismo, la ociosidad y la corrupción; fenómenos que si bien, no son consustanciales al socialismo, tampoco han estado ajenos a los movimientos que intentan su construcción. Estos son realmente peligros, para el socialismo, y para todos los sistemas socio económicos conocidos.

Por eso alerta que la búsqueda del bienestar social debe encauzarse “de manera que no se trueque el alivio de los pobres en fomento de los holgazanes”. Él  teme el enriquecimiento de la burocracia, y dice que en este caso, el obrero, de ser siervo de los capitalistas, pasaría “a ser siervo del Estado.”[13]Una crítica para los proyectos donde se ha pretendido subsumir lo social a lo estatal.

Además, en su análisis avizora sobre el burocratismo: “Con cada nueva función, vendría una casta nueva de funcionarios (…) ¡Mal va un pueblo de gente oficinista!.”[14]

Pero no es solo el ideal socialista lo que enjuicia Martí, a Spencer le critica que “no abarca con facilidad natural el todo” del problema, ni busca la solución real “en su base”. Igualmente, le reprocha el elitismo con que analiza y se refiere a la injusticia a que están sometidos los más vulnerables, y discrepa de algunos de los argumentos que expone el británico, porque “no se tiene bien sobre sus pies” y en sus razones “tambalea”.[15]   

Finalmente, y con independencia de sus críticas, toma partido a favor de los obreros, los desposeídos, e increpa a Spencer por no señalar “los modos naturales de equilibrar la riqueza pública dividida con tal inhumanidad (…) que ha de mantener naturalmente en ira, desconsuelo y desesperación a los seres humanos (…)”.[16]

En carta a su amigo Fermín Valdés Domínguez, en 1894, escribe: “Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras: el de las lecturas-extranjerizas, confusas e incompletas-, y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados (…) Pero en nuestro pueblo no es tanto el riesgo, como en las sociedades más iracundas, y de menos claridad natural…”.[17] Una frase muy utilizada para atacar al socialismo cubano, pero que aborda las posibles dificultades de la difusión del socialismo, no así, las esencias de este proyecto.

En efecto, los peligros que señala el Apóstol eran y son reales (no solo para el anhelo socialista). El error en las traducciones, y aún más, en la interpretación dogmática de las ideas marxistas, ha costado caro a los movimientos progresistas. Igualmente existen ejemplos en la historia de demagogia y falsos líderes que se han montado sobre el discurso marxista para después traicionar la causa de la revolución. Estos dos riesgos son objetivos, y han causado gran daño al ideal socialista; no así al Socialismo, sistema que no se ha construido a plenitud en ningún Estado.

A lo anterior debe sumarse que Martí interpreta, que esos peligros para nuestro país no preocupan con igual magnitud, por la naturaleza cordial, inteligencia y el espíritu generoso de los cubanos.

Si bien el Apóstol no compartió a plenitud el ideal socialista que le circundó, lo anterior no significa, ni remotamente, que Martí fuera antisocialista, ni que el marxismo y las ideas martianas no tuvieran puntos en común, como proyectos que aspiran a alcanzar mayor justicia social. Más disparatado aún resulta el intento por parte de algunos “sesudos” de desprender a la Revolución Cubana de su profundo contenido martiano. Los mejores representantes de la intelectualidad cubana se han encargado de desmentir estas falacias. 

Decía Mariátegui que el socialismo en nuestros pueblos no debía ser calco ni copia, sino creación heroica. La historia del socialismo, y su aprehensión por los pueblos, adaptado a características particulares y distintivas, resultan la mejor prueba.

Por demás, a 62 años del triunfo de la Revolución, los cubanos seguimos empeñados en la construcción de nuestro socialismo, y el Partido Comunista de Cuba, por mandato de la ley de leyes, se constituye en “vanguardia organizada de la nación cubana.”

Pero, ¿por qué centrarse en la discusión superflua de si el Héroe Nacional fue socialista o no? Al respecto, resulta esclarecedor el trabajo “Luces de Martí para el socialismo”, del profesor Luis Toledo Sande: “…el proyecto de liberación nacional de Martí no era ni podía ni tenía por qué ser de carácter socialista; pero un proyecto socialista legítimo, especialmente en Cuba o en nuestra América, núcleos de sus meditaciones y destinatarias de sus actos, está llamado a ser martiano, o no sería socialismo.”[18]

Por tanto, si se expusieron los desencuentros, también es válido mostrar las zonas convergentes.

Para el proyecto martiano, tanto como para el marxismo, el trabajo juega un papel fundamental en el desarrollo del ser humano. Así, por un lado encontramos un cubano que afirma que el “hombre crece con el trabajo que sale de sus manos”, y que nos regala, en la Edad de Oro, La Historia del hombre contada por sus casas; y por otro, un Engels que escribe El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

Si bien Martí se distancia en los métodos, sí coincide en la necesidad de acabar con la brutal explotación a que es sometido el obrero por parte de la burguesía.

La acentuación de esas contradicciones en el seno de la sociedad estadounidense lo llevan a afirmar: “Estamos en plena lucha de capitalistas y obreros. Para los primeros son el crédito en los bancos, las esperas de los acreedores, los plazos de los vendedores, las cuentas de fin de año. Para el obrero es la cuenta diaria, la necesidad urgente e inaplazable, la mujer y el hijo que comen por la tarde lo que el pobre trabajó para ellos por la mañana. Y el capitalista holgado constriñe al pobre obrero a trabajar a precio ruin (…) El obrero pide salario que le dé modo de vestir y comer. El capitalista se lo niega”.[19]

Un hecho fundamental, para entender la evolución del pensamiento de Martí respecto a la explotación de los trabajadores, es el conocido proceso judicial contra los ocho obreros de Chicago. Al iniciarse el proceso en 1886 les critica haber impulsado “a la matanza y la sembraron con sus manos”[20], en gran medida por haberse nutrido de la extensa manipulación que hizo la prensa y el gobierno norteamericano sobre dicho caso.

Pero ese propio año en sus impresiones sobre “la mulata Lucy Parson”, esposa de uno de los condenados a muerte, sale en defensa de los obreros: “Y como cualquiera que sea el extravío de sus medios y la locura de su propaganda, es verdad que esta y aquellos arrancan de un espíritu de justicia ofendido en las clases humildes siglo sobre siglo, y de una compasión febril por los dolores del linaje humano…”[21]

En 1887 se aprecia una total evolución en sus ideas al respecto; escribe: “apenas hay quien crea que entre los ocho llamados a morir, está el que lanzó la bomba”[22].

Martí culmina sus apuntes sobre los mártires de Chicago haciendo referencia a William P. Black, jurista y veterano de la Guerra Civil estadounidense; defensor legal de estos trabajadores: “¡Estos no son felones abominables, sedientos de desorden, sangre y violencia, sino hombres que quisieron la paz, y corazones llenos de ternura, amados por cuantos los conocieron y vieron de cerca el poder y la gloria de sus vidas”.

La radicalización que estos hechos provocan en su pensamiento lo llevan a expresar: “Cree el obrero tener derecho a cierta seguridad para lo porvenir, a cierta holgura y limpieza para su casa, a alimentar sin ansiedad los hijos que engendra, a una parte más equitativa de los productos del trabajo(…), alguna hora de sol en que ayudar a su mujer a sembrar un rosal en el patio de la casa, a algún rincón para vivir que no sea un refugio fétido(…) Y cada vez que esto pedían en Chicago los obreros, combinábanse los capitalistas, castigábanlos negándoles el trabajo”[23]

Hay otros elementos que acercan el proyecto martiano a las reivindicaciones socialistas, como la lucha contra los dogmas religiosos de la época, el absolutismo con rezagos feudales, el colonialismo, y la opresión a los débiles.

Cuando funda el 10 de abril de 1892 el Partido Revolucionario Cubano, crea por primera vez un partido para dirigir un movimiento de liberación nacional. Fue una organización de marcado carácter popular, con base en las condiciones específicas de Cuba. El mismo método emplearía Lenin, y los comunistas, para encauzar las luchas, cuando creó el partido de nuevo tipo de los trabajadores, Bolchevique, y se fundaron partidos comunistas como instrumento fundamental para articular y organizar la lucha obrera.

De igual manera, constituyen contactos, la lucha contra el imperialismo, avizorado tempranamente por Martí, y definido teóricamente por Lenin; la solidaridad, el humanismo, y la jerarquización de los derechos sociales. Nunca escatimó en oponerse a las oligarquías latifundistas y al sistema injusto que impera en el orden mundial: “Las riquezas injustas; las riquezas que excitan la ira de los necesitados, de los defraudados, vienen siempre del goce de un privilegio sobre las propiedades naturales, sobre los elementos, sobre el agua y la tierra, que solo pueden pertenecer, a modo de depósito, al que saque mayor provecho  de ellos para el bienestar común.” [24]

La República democrática que soñó Martí con todos, y para el bien de todos, era en esencia inclusiva e integradora. No obstante, él reconoce la necesidad posterior de profundizar la revolución, y entiende que ciertos sectores, una vez lograda la independencia, no compartirían los métodos e ideas revolucionarias. A pesar de esto, no los excluye de antemano, pero anuncia previsor: “Para todos será el beneficio de la revolución a que hayan contribuido todos, y por una ley que no está en mano de hombre evitar, los que se excluyan de la revolución (…) serán en lo que no choque con el derecho humano, excluidos del honor e influjo de ella.”[25]

He aquí el verdadero significado, libre de ingenuidades, de  su con todos y para el bien de todos. 

Opinión acerca de Marx

La lucha de Martí aspiraba a la independencia, a la creación de un modelo político de nuevo tipo y una república sui generis que abriera paso a la revolución latinoamericana. La lucha de Marx conlleva a la revolución proletaria, la instauración de un nuevo orden económico social, y la internacionalización de los procesos revolucionarios.

Ambos, en épocas similares, vivieron espacios y condiciones históricas diferentes. Asumieron filiaciones filosóficas distintas, y además, nunca se conocieron. Se acercaron en las esencias, en el fondo, de sus aspiraciones. Se distanciaron en los métodos, en la forma, para lograr sus pretensiones. Es más lo que los une, que aquello que los separa: las revoluciones latinoamericanas son la mayor muestra de ello.

En esencia Martí difería con Marx, en 1883, en los métodos violentos, en los medios empelados para lograr el fin; los mismos, que posteriormente, él se vería obligado a utilizar, por “necesidad”, para luchar por la independencia. No solo asumió la violencia revolucionaria para la lucha por la liberación, sino que previó, en última instancia, la violencia social emancipadora en la República.

Sobre esa base en 1883, ante la muerte del pensador alemán, escribió para el diario argentino La Nación: “Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres (…) Mas se ha de hallar salida a la indignación, de modo que la bestia cese, sin que se desborde y espante.[26]

No importa que no compartiera las formas: merece honor.

Imagen tomada de Internet

Estas diferencias quedan, sin embargo, opacadas ante los elogios y las virtudes que le señala:  “Ved esta sala: la preside, rodeado de hojas verdes, el retrato de aquel reformador ardiente, reunidor de hombres de diversos pueblos, y organizador incansable y pujante. La Internacional fue su obra (…).Karl Marx estudió los modos de asentar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos. (…) no fue solo movedor titánico de las cóleras de los trabajadores europeos, sino veedor profundo en la razón de las miserias humanas y en los destinos de los hombres, y hombre comido de ansias de hacer el bien. Él veía todo lo que en sí propio llevaba: rebeldía, camino a lo alto, lucha.”[27]

A modo de cierre

El marxismo y el proyecto martiano no se excluyen, como tampoco se suman cual estancos independientes; en todo caso se complementan. De Marx: el método, las leyes para entender y transformar la realidad. De Martí: los valores, la virtud y la “idea del bien”, necesarios para emprender el camino.

No en vano la tradición jurídica revolucionaria ha reconocido, y reafirma, en el Preámbulo de la Constitución de la República: “Guiados por lo más avanzado del pensamiento revolucionario, antimperialista y marxista cubano, latinoamericano y universal, en particular por el ideario y ejemplo de Martí y Fidel y las ideas de emancipación social de Marx, Engels y Lenin;” y declara que la ley de leyes nace presidida por el anhelo martiano: “Yo quiero la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre.”

Quien intente reinventar la Historia con argumentos para otros fines, no hace más que perder el tiempo.

El Apóstol no fue enemigo acérrimo del Socialismo, proyecto que no conoció a fondo por las causas antes expuestas, sino de corrientes desviadas que circundaron su entorno. La evolución y radicalización constante de su pensamiento lo convierten en el pensador hispanoamericano más importante de su época. Distintos serían sin dudas sus métodos de defensa a ultranza de los desposeídos una vez que triunfara la república.

Al respecto Fidel sentenciaría: “antes de ser marxista (…) fui martiano (…) estoy absolutamente convencido de que si Martí hubiera vivido en el medio en que vivió Marx, hubiera tenido las mismas ideas.”[28] 

Como queda demostrado, hay muchos puntos de encuentro entre el pensamiento de Martí, Marx y el socialismo; pero no hay ni habrá conciliación posible entre Martí y oligarcas, entre el Apóstol y el imperialismo. La República de todos puede pecar de servir a casi todos, a la inmensa mayoría, pero no puede por principio, sacrificar a todos en beneficio de unos pocos. Los proyectos socialistas deben luchar no solo contra los intereses de los opresores, sino por la constante emancipación de los oprimidos.

Dejemos que el propio Martí cierre estas líneas con un encargo para el futuro:

“Todo hay que hacerlo después de la independencia. Pero a mí no me dejarán vivir: a vosotros os tocará, como clase popular, como clase trabajadora, defender tenazmente las conquistas de la revolución”[29]


[1] Nicolás Guillén; Navarro Luna y El Indio Naborí. “Homenaje poético”, La Habana, Sindicato Nacional de Trabajadores de la Industria Gráfica, 1963.

[2] Guevara Núñez, Orlando. “Hacia el VIII Congreso del Partido (II). Diego Vicente Tejera y el ideal socialista en Cuba. Consultado: http://www.sierramaestra.cu/index.php/santiago-de-cuba/historia/35949-hacia-el-viii-congreso-del-partido-ii-diego-vicente-tejera–y-el-ideal-socialista-en-cuba .

[3] Cantón Navarro, José.  Una Revolución Martiana y marxista. Centro de Estudios Martianos. La Habana, 2008. P. 135.

[4] Mella, Julio Antonio. “Glosas al pensamiento de José Martí”. José Martí. Valoración Múltiple 1. Fondo Editorial Casa de las Américas. La Habana, 2007.

[5] De la Torriente Brau, Pablo. Cartas Cruzadas. Editorial Letras Cubanas. Ciudad de la Habana, 1981. P. 265.

[6] Roa, Raúl. “Centenario de José Martí”. Homenaje en sus textos de fuego. Volumen II. Ediciones Imagen Contemporánea. La Habana, 2007. P. 453.

[7] Cantón Navarro, Josè. Algunas ideas de Josè Martí en relación con la clase obrera. 20. Colectivo de Autores, Valoración Múltiple de José Martí I. Fondo Editorial de la Casa de las Américas, La Habana, 2007. Pp. 300-301.

[8] Ídem.

[9] Marx, Carlos y Eng

els, Federico. Correspondencia. Editorial Cartago, 1957. P. 294

[10] Lenin, Vladimir. Obras completas. Tomo XXI. Editora Política. La Habana, 1963. P. 342.

[11] Martí, José. Obras Completas (O.C). Tomo IV. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 1975. pp. 243-244.

[12] Martí, José. Diario de Monte Cristi a Cabo Haitiano. https://www.patrias-actosyletras.com/de-cabo-haitiano-a-dos-rios. Consultado: 26/1/21.

[13] O.C. XV.P. 387.

[14] ídem

[15] Ídem.

[16] ídem.

[17] O.C. III. P. 168.

[18] Toledo Sande, Luis. Luces de José Martí para el socialismo. http://www.cubadebate.cu/opinion/2018/09/06/luces-de-jose-marti-para-el-socialismo/. Consultado: 26/1/2021.

[19] O.C. IX. P. 322.

[20] O.C. XI. P. 20.

[21] Martí, José. La mujer en los Estados Unidos. http://www.josemarti.cu/wp-content/uploads/2014/06/La_mujer_en_los_EEUU.pdf. Consultado: 26/1/2021.

[22] Ibídem. P. 311.

[23] Ibídem pp. 337-339.

[24] O.C.12, pp. 250-251.

[25] Cantón Navarro, José. La República de Martí. Cuadernos Cubanos de Historia 2. Instituto de Historia de Cuba. La Habana, 2003. P. 5

[26] O.C. IX. P. 388.

[27] Ídem

[28] Betto, Frei. Fidel y la Religión. La Habana, 1985.

[29] Cantón Navarro, José. La República de Martí. Cuadernos Cubanos de Historia 2. Instituto de Historia de Cuba. La Habana, 2003. P. 7

Publicado por Bufa Subversiva

Cubanos, martianos, revolucionarios y socialistas de nacimiento.

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