¿Quitarme la venda?

Autor: tomado del perfil de Facebook de Raúl Alejandro Palmero Fernández

Algunos atacan la forma de pensar, de ser, de sentir y hasta de actuar, en nombre de la libertad de expresión. Ser comunista siempre ha sido pecado. En todas las épocas y en todos los sistemas, ser antisistémico  es, y será, un problema. En Cuba la cuestión se complejiza; aún hoy resulta demoledor el materialismo dialéctico con eso de que el hombre piensa como vive, pero los cubanos seguimos siendo un desafío para la Historia. Es lo normal, lo pragmático, objetivo…pero una cosa es entender las distorsiones de la época en que vivimos e intentar transformarlas, y otra, muy diferente, negarse a uno mismo.

Ser comunista en la Cuba de hoy, ser revolucionario, puede ser una candela. El intelectual Enrique Ubieta, define, como nadie, qué significado tiene esa denominación para nuestro país en los momentos actuales. Vale la pena consultar su escrito: “Ser revolucionario en la Cuba de hoy”.

Desde pequeño he disfrutado beber la historia de mi país. La aprehendí de boca de mi padre, y la redescubrí en sus cicatrices de la guerra y en los callos de sus manos. Mi madre me dormía leyendo la Edad de Oro hasta que el sueño me vencía soñando despierto; y mi abuela, mi querida abuela, me enseñó que los niños no dicen mentiras, que todas las personas somos de un mismo color, y que la amabilidad y la sencillez son las más grandes bellezas que puede presumir un ser humano.

Así fui creciendo, desde que canté el himno nacional por vez primera no he dejado de erizarme con sus notas ni una sola vez. De pionero fui explorador, fui maldito, juguetón, enamorado; a veces me escondía en los recesos, y tirado en un rincón, revivía las crónicas de mis héroes del pasado: el espíritu indomable del Che; el amor guerrillero de Raúl y Vilma; el chaleco moral de Fidel; nuestras luchas por dentro, con sus contradicciones, estoicidades, sus gentes de carne y hueso, y hasta los cuentos de relajo  de los protagonistas más jóvenes.

Seguí alargando, flacucho, enfermizo, salvado mil veces por los médicos de mi país, y alimentado en cuerpo y alma en las escuelas donde aprendí a mirar debajo del vestido de la vida. Comprendí poco a poco, a mi ritmo, que es siempre convulso y es constante, los dolores que me rodean. Pero seguí mi camino, vestido de blanco y amarillo, y cuando pensé estar más solo me acompañó una guitarra, y cuando hubo quién me dio la espalda, Silvio, Sabina, Ismael, Benedetti, Neruda y Galeano, me dieron el pecho.

La barba empezó a crecer, y la afeité para vestirme de verde; para conocer de cerca el Sol que no quema; para fundirme con el monte y enraizarme con mis cimarrones. En medio del camino siempre sombras, siempre sillas, pero enfocado en la luz; porque a pesar de todo, y a pesar de los pesares, a eso aspiro, a ser un hombre de luz.

Tirando fuerte de los sueños, con las manos limpias, subí por primera vez los 88 peldaños. En la cima: Alma Mater. A su lado: Platón, Aristóteles, Bartolomé, Rousseau, Marx, Engels, Bolívar, José Julián, Lenin, Gramsci, Chávez, Fidel… y otros muchos con los que sigo manteniendo deuda. ¡Y sufrí vergüenza!, cuando conocí la estatura de Mella, la lucidez de Villena, el filo de Roa, la gallardía de Guiteras, la integridad de José Antonio, la sangre roja de los Saíz, la inmensidad de Frank…  Sentado en pupitres triscentenarios abrí los ojos de un tirón: sentí más grandes los problemas que me rodeaban, más lejos las soluciones que buscaba, y más intenso la necesidad transformadora de siempre.

El Socialismo, aspirado por muchos en diferentes latitudes, pero visto en Cuba como convencional, es un sistema contrahegemónico, temido por los círculos dominantes de este mundo injusto y disparejo; un proyecto alternativo en todos los continentes. Entonces no tiene nada de glorioso, de distinto, de revolucionario, quién apoya el sistema capitalista que tiraniza hoy a nivel global; que frustró la independencia de Cuba por más de 60 años. No hay Socialismo en los países pobres de África, Asia, Sudamérica, ni en los suburbios de la vieja Europa, ni en los callejones y puentes de la yuma.

No me hice revolucionario leyendo por internet, ni aspirando a ridículas dádivas. A nadie le prediqué un domingo el Manifiesto Comunista. Nunca ofendí a quienes dormían mientras otros hacíamos guardia al frío de la madrugada; nos embarrábamos de tierra colorada los domingos en un surco; estudiábamos y trabajábamos al mismo tiempo; recogíamos escombros tras un desastre; atendíamos a pacientes con COVID a riesgo de la vida; o dejábamos la comodidad de los papeles para entrar en un mundo de fuego y acero.

¡Entonces no me jodas!, ¿Quitarme la venda? ¡No me insultes chico! Defiendo lo mío por convicción, con sentimiento, con ciencia y con conciencia, con razón. Así fui siempre, cuando algunos que hoy me critican todavía no pensaban distinto, y hoy me cuestionan por pensar como siempre.

Digo lo que pienso, hago lo que digo, y siento lo que hago. Así fui, así seré, así voy a morirme.

Publicado por Bufa Subversiva

Cubanos, martianos, revolucionarios y socialistas de nacimiento.

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